Lizta Roja
Por Elizabeth Luna
Era pleno septiembre, el sol apenas empezaba a calentar y un pequeño grupo de reporteros abordábamos muy puntuales el Hummer, que nos llevaría a un punto oculto entre Santiago Papasquiaro y Nuevo Ideal, en donde se encontraba un plantío de marihuana que acababa de ser descubierto por elementos del Ejército; la mañana era fría, pues la noche anterior, había llovido y la tierra estaba húmeda, nos pegaba el viento helado mientras avanzamos hacia aquel punto lejos de la ciudad; por fin allá en las orillas de la hermosa laguna nos esperaba un grupo de soldados, que nos guiaría hasta el plantío de marihuana; nuestros alimentos eran los mismos que los que le daban a cualquier soldado; una pequeña bolsa de hule que contenía un sandwich y un plátano; por ahí en otro vehículo estaba una hielera en donde sólo llevaban unas cuantas botellas de agua embotellada; con estos alimentos, recorrimos durante unas cinco horas ese arduo y peligroso camino, hasta llegar allá al otro lado de la montaña; los reporteros nos cansamos cuando apenas recorrimos una hora, pero en cambio los militares parecían no cansarse nunca, caminaban en silencio cargando sus pesadas mochilas y su arma; apenas si se detenían para beber agua de algún manantial, o de su cantimplora, pero más que nada se detenían para esperarnos, pues poco a poco nos iban rezagando, mientras ellos como frescos soldados, seguían firmes, sin demostrar el menor cansancio, hambre o sed, a pesar de que llevaban los mismos alimentos que los reporteros; finalmente por allá a las cinco de la tarde, desde las ocho de la mañana que salimos de la Décima Zona Militar, detuvimos la marcha, habíamos llegado sorteando las peligrosas montañas que nos separaban de aquel plantío, y ya estaba otro numeroso grupo de soldados rodeando aquel sembradío que se mostraba fresco, y con enormes ramas de marihuana; pero ahí en un campamento provisional, los soldados me ofrecieron algo de comer; un pollo en caldo, y unas tortillas hechas a mano, por ellos; un pedazo de queso y era todo; aquella comida para quienes no estábamos acostumbrados a caminar, atravesando una montaña, era como un manjar, así que lo devoramos, por ahí sentados en una piedra; y en cuanto se destruyó el plantío, continuamos nuestro andar; ahora para llegar a un pequeño caserío allá en un cerro, para poder cenar algo; para llegar a ese lugar, tuvimos que pasar por una mesa, en donde nos sorprendió un torrencial, a esta servidora le prestaron una chamarra de militar con la que se cubrió, pero mis compañeros casi tiritaban de frío; finalmente llegamos a una humilde vivienda de madera; ahí sacudimos nuestras prendas chamarras y cenamos lo que la humilde mujer nos ofreció; pásenle al yerbanís y a los frijolitos, es lo único que tenemos, pero seguro que si tienen hambre con esto la calmarán; cierto, esos frijoles de la olla y ese té, fue algo que nos volvió a la vida, necesitábamos algo caliente después de la larga caminata, y finalmente llegamos a un poblado en donde tuvimos que acampar, porque nos sorprendió la noche y el frío azotaba afuera; los soldados instalaron su campamento, y nos instalaron en un salón de clases en donde amanecimos con un sleeping que ellos nos prestaron a los siete reporteros; esta fue una gira que siempre nos trae gratos recuerdos a quienes la vivimos, pero con ella, recordamos siempre que para nosotros era algo diferente, algo que la verdad algunos de mis compañeros no quisieran volver a vivirla, pero esto que a nosotros nos dejó cansados durante varios días, que nos hizo entender que unos simples frijoles o un caldo de gallina de la sierra, o unas tortillas duras, eran como un manjar, es algo que los soldados viven muy frecuentemente, sin una casa agradable y calientita en donde dormir, sin una comida hecha en estufa servida en un cómodo plato, o sentados en alguna cómoda silla, para ellos, el bañarse en una regadera o comer a sus horas, sentados cómodamente, es casi algo a lo que no están acostumbrados, por ello, nuestro reconocimiento a todos los que sufren tanta carencia, falta de alimentos o de agua para tomar, los que se pasan noches en lugares fríos o lluviosos, los que aguantan una enfermedad allá lejos de su hogar, para ellos, que nos protegen con su trabajo día a día, gracias, y felicidades porque no cualquiera puede ser soldado, se necesita valor, honor, y muchos esfuerzo para no decaer y sufrir todas esas carencias que durante mucho tiempo sufren; feliz día del Ejército.







