Bitácora del director – El Bronx guinda

Sep 4, 2018 / 8:30 am

 

PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

El Congreso, de inmensa mayoría morenista, tendrá tres meses para hacer el milagro.

En ese lapso deberá dejar atrás sus ropajes de oposición y asumir la responsabilidad de gobernar.

El sábado fue de desahogo, de cobrar al PRI las cuentas de las que se siente acreedor.

Cuatro veces interrumpieron a gritos el discurso que la dirigente priista y senadora Claudia Ruiz Massieu —portavoz del agónico oficialismo— pronunciaba en la tribuna de San Lázaro.

Poco importaron las reconvenciones de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Cámara de Diputados, político de holgada experiencia, quien apelaba a sus compañeros legisladores a entender que ésta era “la hora de la reconstrucción nacional, no de una democracia colérica”.

Se había impuesto el espíritu de revancha y se desataba una greguería descontrolada. El ambiente recordaba más el alboroto de aquellos diputados plebeyos del PRI que se hicieron reconocibles por el apodo de Bronx, que a la famosa interpelación de Muñoz Ledo a Miguel de la Madrid – “Con todo respeto, señor Presidente”— hace justo 30 años.

El sábado, luego de dos sexenios de serenidad casi completa —a raíz de que el Ejecutivo fue expulsado, como Adán, del edén de Esta Soberanía—, el Congreso volvió a ser rumboso, berrinchudo.

Se había acabado el oropel que impuso la partidocracia y su clase parlamentaria. San Lázaro había revivido, se ponía a andar, sí, pero como zombi.

Uno, dos, tres…”, coreaba el nuevo Bronx, hasta llegar al emblemático número 43, mientras Ruiz Massieu esperaba continuar con su discurso.

Es cierto, ella había llegado al borde de la provocación, alegando que los priistas no eran veletas —nomás le faltó decir “como ustedes”—, pero los noveles legisladores parecían olvidar que detrás de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, también hay pecados de la izquierda.

Dentro de tres meses, el Congreso tendrá que decidir qué pasará con ese crimen. ¿Se volverá a formar una comisión legislativa para dar seguimiento a las investigaciones o se dejará todo —no sólo eso, sino absolutamente todo— en manos del gobierno que encabezará Andrés Manuel López Obrador?

Ya lo dijo Alejandro Encinas, futuro subsecretario de Gobernación y principal figura del próximo gobierno en materia de derechos humanos: “No voy a estar de florero, vamos a asumir compromisos para tener resultados, y si no hay resultados, tendré que separarme de este encargo”.

¿Y los nuevos legisladores? ¿Estarán de florero o cumplirán su papel de contrapeso del Ejecutivo? ¿Habrá cuenta regresiva —43, 42, 41…— para resolver la noche negra de Iguala y tantas, tantas más?

Hoy, la mayoría legislativa todavía puede gritar “asesino” al presidente Enrique Peña Nieto, sin importar las palabras comedidas y hasta amabilísimas que ha tenido para él su sucesor.

Pero a partir de diciembre tendrá que gobernar. No podrá apelar más a las excusas que la democracia permite a la oposición. En tres décadas, ningún gobierno ha tenido una mayoría semejante.

Hoy, la bancada mayoritaria puede prometer a la CNTE que tendrá “puertas abiertas” en San Lázaro. Pero ¿qué pasará mañana, cuando exijan la reinstalación de maestros que fueron cesados por irse a movilizaciones, dejando a sus alumnos sin clases? ¿Habrá partidas presupuestales para el pago de salarios caídos? ¿Se permitirá volver al otorgamiento de plazas automáticas por cuota y direcciones de escuela por lealtad sindical? ¿Cuánto alcanzará el señalamiento a lo hecho en el pasado para justificar el bajo rendimiento académico?

Si lo del sábado fue un desahogo pasajero, puede entenderse. Pero si la mayoría no cambia pronto el chip de oposición al gobierno, el recorte presupuestal al Congreso valdrá de poco. Para celebrar dos mítines por semana en San Lázaro –el Senado, por su tamaño suele ser más manejable—, va a salir muy caro.

El liderazgo tiene tres meses para domar a ese Bronx de legisladores noveles, para inculcar en ellos la responsabilidad de cumplir el mandato real de las urnas: Dar una vuelta de tuerca al pasado.

Eso implica terminar con el dispendio en las arcas públicas y la violencia en las calles, pero también con la simulación, la línea y el culto a la personalidad. No fue quítalo a él para ponerte tú.

El sábado, Muñoz Ledo sintió que lo tenía que advertir: “Pretendemos que el Poder Legislativo sea motivo de honor y no de vergüenza para nuestros compatriotas…”.

Sería una decepción regresar a tiempos idos. Concluir que 30 años de lucha por un gobierno que rinda cuentas y se someta a controles fueron una vuelta en u. Que los ciudadanos constaten que se impuso el gatopardismo y acaben diciendo que se parecen tanto al PRI, que no dejan olvidarlo.

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El Congreso, de inmensa mayoría morenista, tendrá tres meses para hacer el milagro.

En ese lapso deberá dejar atrás sus ropajes de oposición y asumir la responsabilidad de gobernar.

El sábado fue de desahogo, de cobrar al PRI las cuentas de las que se siente acreedor.

Cuatro veces interrumpieron a gritos el discurso que la dirigente priista y senadora Claudia Ruiz Massieu —portavoz del agónico oficialismo— pronunciaba en la tribuna de San Lázaro.

Poco importaron las reconvenciones de Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Cámara de Diputados, político de holgada experiencia, quien apelaba a sus compañeros legisladores a entender que ésta era “la hora de la reconstrucción nacional, no de una democracia colérica”.

Se había impuesto el espíritu de revancha y se desataba una greguería descontrolada. El ambiente recordaba más el alboroto de aquellos diputados plebeyos del PRI que se hicieron reconocibles por el apodo de Bronx, que a la famosa interpelación de Muñoz Ledo a Miguel de la Madrid – “Con todo respeto, señor Presidente”— hace justo 30 años.

El sábado, luego de dos sexenios de serenidad casi completa —a raíz de que el Ejecutivo fue expulsado, como Adán, del edén de Esta Soberanía—, el Congreso volvió a ser rumboso, berrinchudo.

Se había acabado el oropel que impuso la partidocracia y su clase parlamentaria. San Lázaro había revivido, se ponía a andar, sí, pero como zombi.

Uno, dos, tres…”, coreaba el nuevo Bronx, hasta llegar al emblemático número 43, mientras Ruiz Massieu esperaba continuar con su discurso.

Es cierto, ella había llegado al borde de la provocación, alegando que los priistas no eran veletas —nomás le faltó decir “como ustedes”—, pero los noveles legisladores parecían olvidar que detrás de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, también hay pecados de la izquierda.

Dentro de tres meses, el Congreso tendrá que decidir qué pasará con ese crimen. ¿Se volverá a formar una comisión legislativa para dar seguimiento a las investigaciones o se dejará todo —no sólo eso, sino absolutamente todo— en manos del gobierno que encabezará Andrés Manuel López Obrador?

Ya lo dijo Alejandro Encinas, futuro subsecretario de Gobernación y principal figura del próximo gobierno en materia de derechos humanos: “No voy a estar de florero, vamos a asumir compromisos para tener resultados, y si no hay resultados, tendré que separarme de este encargo”.

¿Y los nuevos legisladores? ¿Estarán de florero o cumplirán su papel de contrapeso del Ejecutivo? ¿Habrá cuenta regresiva —43, 42, 41…— para resolver la noche negra de Iguala y tantas, tantas más?

Hoy, la mayoría legislativa todavía puede gritar “asesino” al presidente Enrique Peña Nieto, sin importar las palabras comedidas y hasta amabilísimas que ha tenido para él su sucesor.

Pero a partir de diciembre tendrá que gobernar. No podrá apelar más a las excusas que la democracia permite a la oposición. En tres décadas, ningún gobierno ha tenido una mayoría semejante.

Hoy, la bancada mayoritaria puede prometer a la CNTE que tendrá “puertas abiertas” en San Lázaro. Pero ¿qué pasará mañana, cuando exijan la reinstalación de maestros que fueron cesados por irse a movilizaciones, dejando a sus alumnos sin clases? ¿Habrá partidas presupuestales para el pago de salarios caídos? ¿Se permitirá volver al otorgamiento de plazas automáticas por cuota y direcciones de escuela por lealtad sindical? ¿Cuánto alcanzará el señalamiento a lo hecho en el pasado para justificar el bajo rendimiento académico?

Si lo del sábado fue un desahogo pasajero, puede entenderse. Pero si la mayoría no cambia pronto el chip de oposición al gobierno, el recorte presupuestal al Congreso valdrá de poco. Para celebrar dos mítines por semana en San Lázaro –el Senado, por su tamaño suele ser más manejable—, va a salir muy caro.

El liderazgo tiene tres meses para domar a ese Bronx de legisladores noveles, para inculcar en ellos la responsabilidad de cumplir el mandato real de las urnas: Dar una vuelta de tuerca al pasado.

Eso implica terminar con el dispendio en las arcas públicas y la violencia en las calles, pero también con la simulación, la línea y el culto a la personalidad. No fue quítalo a él para ponerte tú.

El sábado, Muñoz Ledo sintió que lo tenía que advertir: “Pretendemos que el Poder Legislativo sea motivo de honor y no de vergüenza para nuestros compatriotas…”.

Sería una decepción regresar a tiempos idos. Concluir que 30 años de lucha por un gobierno que rinda cuentas y se someta a controles fueron una vuelta en u. Que los ciudadanos constaten que se impuso el gatopardismo y acaben diciendo que se parecen tanto al PRI, que no dejan olvidarlo.

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