Bitácora del director – Peronismo a la mexicana

Feb 23, 2018 / 12:04 pm

Pascal Beltrán del Río

No es que seamos tan buenos, sino que los demás son peores: Juan Domingo Perón

La estrategia de Andrés Manuel López Obrador de atraer a organizaciones y personajes de pensamientos diametralmente enfrentados puede parecer contradictoria desde el punto de vista ideológico.

¿Qué hacen, en un mismo frente electoral, los grupos de cristianos evangélicos, que predican que la riqueza personal es producto de la fe, y los maestros disidentes que exigen rentas del Estado?

¿Cómo podrán entenderse y acompañarse en un mismo esfuerzo el jalisciense expanista y senador José María Martínez, cuyas ideas parecen cercanas a las de los cristeros y de la corriente provida, y Nestora Salgado, quien luce convencida de la vigencia del comunismo y la teoría del foco guerrillero?

Si el asunto se ve únicamente desde la perspectiva de la geometría política, esta melcocha de izquierda y derecha da la impresión de ser inviable.

Pero hay un experimento en la historia de América Latina que consistió justamente en eso: el peronismo en Argentina.

Al día de hoy, muchos académicos siguen discutiendo si el Partido Justicialista (PJ), fundado por el general Juan Domingo Perón en 1946, ha sido una organización de derecha o de izquierda.

Es probable que haya sido las dos cosas y, también, que no haya sido ninguna.

Lo cierto es que durante la vida del movimiento peronista han convivido en su seno diversas tendencias ideológicas, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha.

Usted quizá esté pensando que, en ese aspecto, no hay mucha diferencia entre el PJ y el PRI.

La mayor es, quizá, el papel de la religión en uno y otro. El PRI fue dominado por los jacobinos desde su fundación hasta mediados de los años 70. Incluso, su apertura hacia las iglesias sigue siendo tímida. En cambio, el peronismo abrazó en sus inicios los valores y tradiciones de los católicos, sobre todo las enseñanzas sociales de la Iglesia.

De hecho, si en algo son sorprendentemente semejantes el peronismo y el movimiento encabezado por López Obrador es que se desarrollaron en una época de expansión del liberalismo económico e hicieron de su oposición a él una misión.

“Los primeros años del gobierno peronista fueron un momento de esplendor para la Iglesia”, escribe el periodista británico Austen Ivereigh, autor El gran reformador, una biografía del papa Francisco.

“Por fin había llegado un gobierno que defendería la herencia católica de Argentina, que pondría en práctica las enseñanzas sociales de la Iglesia, y que apoyaría su obra de evangelización”.

Es inevitable encontrar, en esta descripción del arranque del primer gobierno del general Perón (1946-1952), puntos en común con la religiosidad que campea en el movimiento lopezobradorista y que, a últimas fechas, ha tomado un tono cada vez más claro, al tiempo que convive con sectores abiertamente anticlericales.

Los antecedentes cristianos del candidato, a los que se ha sumado ahora su postulación por parte del PES, un partido abiertamente evangélico, y su propuesta de una “constitución moral” –en cuya elaboración intervendrían líderes religiosos y cuyo equivalente argentino podría ser el manifiesto del “hombre nuevo” peronista, retomado luego por el Che Guevara–, tiene mucho de aquel justicialismo original.

Es cierto que en el segundo periodo de Perón (1952-1955), los activistas católicos, que fueron tan importantes en su obtención del poder, se distanciaron de él. “Pasaron de la colaboración crítica a la desilusión”, apunta Ivereigh.

Sin embargo, las tendencias políticas antagónicas prevalecieron en el movimiento creado por Perón, como había sido alentado por el propio general.

Durante el exilio de Perón (1955-1973), los dos extremos siguieron conviviendo en el partido.

Tan es así que vísperas de su repatriación, el 20 de junio de 1973, la pregunta que flotaba entre las filas del justicialismo era a cuál de los grupos bendeciría el viejo general.

Sobrevino entonces el episodio conocido como la masacre del aeropuerto de Ezeiza, en el que los seguidores de Héctor Cámpora (izquierda) se enfrentaron violentamente con los de José López Rega (derecha).

Pese a que ese hecho parecía la ruptura definitiva entre los extremos, el peculiar juego ideológico en el peronismo todavía dio para que Argentina tuviese un presidente justicialista de derecha (Carlos Saúl Menem) y otro de izquierda (Néstor Kirchner).

No olvide usted esta historia cuando crea que un objetivo político no se puede gestar en torno de una arropía ideológica. Más, cuando la geometría política parece haber sido aniquilada en México por las alianzas de partidos.

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