Bitácora del director – ¿Un Presidente con mayoría legislativa?

Abr 6, 2018 / 10:52 am

Pascal Beltrán del Río

En un spot reciente, el puntero de las encuestas de la contienda presidencial, Andrés Manuel López Obrador, afirma que su elección es arroz cocido, pero que necesita que los votantes den la mayoría en el Congreso a los partidos que lo postulan.

“De manera respetuosa, te pido que votes por los candidatos a diputados y senadores de la coalición Juntos Haremos Historia para que el poder Legislativo sea verdaderamente libre”, dice el candidato.

Eso de que el Congreso “sea libre” suena a eufemismo, pues López Obrador y los demás aspirantes presidenciales brincos dieran por tener una mayoría parlamentaria para gobernar, la misma que ha eludido a los cuatro mandatarios más recientes.

El electorado mexicano ha sido renuente a recompensar al Ejecutivo con esa mayoría. Ni siquiera un Presidente tan popular en su primer trienio, como fue Vicente Fox, la logró en la elección legislativa intermedia, pese a que el eslogan electoral del PAN de 2003 se elaboró pensando en ese objetivo: “Quítale el freno al cambio”.

El presidencialismo mexicano es un sistema que se diseñó con un Ejecutivo que prevalecía sobre los otros dos poderes. Para no exagerar, habría que decir que las mayorías parlamentarias de que gozaron los presidentes de la etapa autoritaria del país –de Venustiano Carranza a Ernesto Zedillo– tenían debates internos y muchas veces buscaban construir acuerdos con la oposición, pero, al final, siempre seguían la línea dictada desde Palacio Nacional.

Eso se perdió en 1997 –en el segundo trienio de Zedillo–, cuando el PRI dejó de tener el control de la Cámara de Diputados. Y en 2000, el Senado siguió esa tendencia, al no constituirse allí una bancada mayoritaria del partido del Presidente de la República.

Dicha realidad no ha obstado para que se aprueben leyes –entre ellas el paquete económico anual–, pero eso ha sido, sobre todo, porque el poder presidencial fue desplazado en algunas áreas por los intereses de ese ente que llamamos partidocracia.

Pero a quienes añoran los tiempos de la Presidencia omnipresente, el empoderamiento del Legislativo les parece un mal sustituto.

En ese contexto debemos leer el llamado de López Obrador de que los electores le otorguen mayoría en las cámaras.

Algunos lo han interpretado como una expresión de soberbia por parte del puntero –“ya gané la Presidencia, ahora quiero el Congreso”–, pero los datos electorales hacen necesaria otra interpretación.

En sus dos primeras campañas presidenciales, López Obrador ha sido un candidato mucho más exitoso que los aspirantes al Congreso que lo han acompañado.

En 2006, el tabasqueño obtuvo 14.7 millones de votos, pero los candidatos de la alianza Por el Bien de Todos quedaron muy atrás de él: en la elección de senadores sacaron 12.2 millones de sufragios, mientras que en la de diputados, 11.9 millones.

En 2012, volvió a pasar lo mismo: 15.8 millones de ciudadanos votaron por López Obrador, pero sólo 13.6 millones por los candidatos al Senado de Movimiento Progresista y 13.4 millones por los aspirantes a diputados de la misma alianza.

Aunque los ganadores de esas dos elecciones presidenciales, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, también sacaron más votos que los candidatos al Congreso de los partidos que los apoyaron, la diferencia no fue tan grande.

Por supuesto, la disparidad en el caso de López Obrador puede entenderse de otra manera: que tanto en 2006 como en 2012 fue más exitoso que los partidos que lo postularon y por eso jaló votos de simpatizantes de otras opciones.

Puede ser, pero, en todo caso, los números de los partidos que postularon a AMLO en sus dos primeras campañas y las encuestas que se conocen no dan para pensar en una mayoría en el Congreso.

Menos aún con la limitación que establece el artículo 54 constitucional de que “en ningún caso, un partido político podrá contar con un número de diputados por ambos principios (mayoría relativa y representación proporcional) que representen un porcentaje del total de la Cámara que exceda en ocho puntos a su porcentaje de votación nacional emitida”.

Para obtener la mayoría en San Lázaro, las coaliciones tendrían que sacar al menos 42.1% de los votos, lo cual, a decir de los sondeos, se antoja por ahora muy poco probable.

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