Debatir

Sep 8, 2017 / 8:08 am

Bitácora del director

PASCAL BELTRÁN DEL RÍO

 

El martes pasado –mientras la Cámara de Diputados entraba en un impasse por la imposibilidad de designar una nueva Mesa Directiva–, el Instituto Nacional Electoral (INE) reformó su Reglamento de Elecciones para crear una Comisión Temporal de Debates que organizará los encuentros entre los candidatos presidenciales de 2018.

 

De entrada, es de celebrarse que el INE haya tenido esa iniciativa, pues la práctica del debate está en pañales en este país. Y no me refiero sólo al debate entre aspirantes a puestos de elección popular sino entre casi cualquier par de personas.

 

Eso quizá se lo debamos a nuestra herencia cultural. El hecho es que en México existe la concepción de que el debate es una suerte de combate medieval en el que los contrincantes tratan de aniquilar al otro (intelectualmente hablando, desde luego).

 

Sin afán de parecer malinchista, hay países cuya cultura del debate resulta envidiable.

 

Cualquiera que haya presenciado completa una sesión de la Cámara de los Comunes del Parlamento británico sabe a lo que me estoy refiriendo. Aquello es generalmente un auténtico festín de la inteligencia, en el que, además de argumentos, hay grandes dosis de ingenio y sarcasmo.

 

Quien toma la palabra sabe que no sólo deberá aguantar las réplicas de su interlocutor –que luego intentará él mismo superar–, sino también los infaltables comentarios irónicos que otros le lanzarán desde la bancada contraria (o desde los pasillos, porque no todos los parlamentarios tienen garantizado un asiento en Westminster).

 

Como en México el debate es concebido sobre todo como un pleito, hay reglas para pelearse. De ahí la excesiva formalidad de las sesiones en San Lázaro y la Cámara de Senadores, donde cualquier aludido en la tribuna tiene derecho a responder porque de lo que se trata es de proteger el honor personal, no de aportar a la formación de la opinión pública.

 

Esa rigidez ha sido trasladada a los debates entre candidatos presidenciales, que se celebran ante las cámaras de televisión desde 1994. Fuera de algunas frases pintorescas, que todos los interesados en política nos sabemos de memoria, esos encuentros han tenido poco de memorables.

 

Por eso el reto del INE, en la construcción de la Comisión Temporal de Debates, debe ser encontrar un formato más ágil para esos encuentros.

 

Estoy seguro que se puede ir más allá de lo que hemos conocido hasta ahora: la aburridísima reunión de los candidatos que se paran detrás de su respectivo podio y toman la palabra cuando les toca, por un tiempo preestablecido, con un “moderador” que se limita a dar mecánicamente la palabra.

 

Ese formato, que derrota la paciencia y la concentración de cualquiera, poco ha significado en la definición de las contiendas electorales.

 

A riesgo de equivocarme, creo que la única vez que un debate de candidatos presidenciales en México ha modificado de forma importante las tendencias electorales fue cuando Andrés Manuel López Obrador –seguro de que tenía el triunfo en la bolsa– se negó a participar en el primer debate de la campaña de 2006. Tanto afectó al tabasqueño esa ausencia que no dudó en intervenir en el segundo encuentro realizado ese año.

 

En todo caso, espero que el INE sea capaz de imaginar formatos que sí tengan la capacidad de modificar opiniones durante la campaña.

 

No hay nada más satisfactorio en una democracia que sean las ideas, bien planteadas y sustentadas, las que muevan al electorado a votar en un sentido o en otro. Mantener el actual modelo de “debate” sólo serviría para que esos encuentros se ocupen para la descalificación personal.

 

Ayer pregunté en Imagen Radio al consejero Benito Nacif –quien seguramente encabezará la nueva comisión–cuál le parecía la peor característica de los debates realizados hasta ahora en México.

 

Me dijo que era necesario cambiar el papel del moderador, a fin de que tuviese un rol más activo en propiciar un verdadero debate de ideas.

 

Coincido con Nacif. Sin una moderación más participativa, los candidatos seguirán recetándonos sus soporíferos monólogos. Y cuando crean que nos hemos dormido, sacarán alguna lámina de colores chillantes o incurrirán en una descalificación personal basada en algún dato hallado por sus sabuesos en el pasado de sus contrincantes.

 

Nos urge otro tipo de debates. Uno donde se revele la inteligencia de los participantes mediante su velocidad para responder y la profundidad de sus argumentos. Escuchar durante dos horas a memorizadores de consignas es tiempo perdido.

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