Elementos de la Décima Zona Militar en la erradicación de enervantes

May 5, 2017 / 17:06 pm

Se destruyeron alrededor de 16 hectáreas y 21 plantíos de amapola

Texto y fotos por Elizabeth Luna

INDÉ, Dgo.

En medio de horas de agobiante calor o de intenso frío, elementos del Ejército trabajan diariamente para erradicar y destruir enervantes que dañan a los seres humanos y que los llevan a la auto destrucción.

Aproximadamente 23 elementos del Ejército y 17 reporteros, así como personal de la PGR, salieron la mañana del miércoles en una experiencia diferente sobre todo para los periodistas, porque para los militares no era más que un día más de labores en las que deben sufrir las inclemencias del clima, aunado a los peligros de enfrentamientos o emboscadas por parte de los dueños de plantíos de enervantes.

Una llamada anónima alertó esta vez a los elementos del Ejército, quienes llegaron hasta ese sinuoso lugar ubicado a unas cinco horas y media de Durango, en los límites entre los municipios de Indé, Nuevo Ideal, Santa María del Oro y Coneto de Comonfort, allá en las quebradas, en donde pasa un río que en esta temporada de primavera aún no lleva fuerza, por falta de lluvias.

LA PARTIDA

Salimos muy temprano al punto en donde ya otro grupo numeroso de elementos valientes del Ejército, nos esperaba; la reportera de Contexto fue invitada a viajar en una de las camionetas Cheyenne 4×4, doble cabina y el resto de los reporteros abordaron un camión Freyliner, custodiados ambos por algunas otras unidades del Ejército y comandados todos por el Mayor Robles.

La mañana era fría, nada parecido al intenso calor que se sintió, cuando llegamos al lugar en donde flores de todos los colores: lilas, rojas, naranjas, guinda o rosas, adornaban las orillas del poco concurrido arroyo de donde surten el agua los narcotraficantes para regar sus nefastos plantíos.

El paseo en vehículo fue tranquilo, hasta llegar a la cabecera municipal de Nuevo Ideal, en donde un despistado o nervioso motociclista montando una “motoneta”, daba vueltas de un lado a otro cerca del convoy a la vez que sacaba su teléfono celular, seguramente para alertar a alguien sobre nuestra presencia.

El camino era terrible, enormes piedras, hoyancos y a la vista cerros áridos, tierra seca, si acaso algunos nopales o árboles de manzanilla se dejaban ver, entierrados y polvorientos; a semejanza de los periodistas que aceptaron el reto de viajar a la intemperie y los cuales iniciaron la travesía con mucho frío y al cabo de un par de horas ya estaban sudando, pero sus rostros chorreaban también tierra.

Esto para muchos periodistas que nunca habían tenido la oportunidad de viajar en esos camiones, era una aventura, un día diferente; pero para los militares era sólo un día más, sólo que ahora deberían, como siempre, de obedecer órdenes del comandante de su grupo y del Mayor que nos llevaba en esa travesía.

Pocos minutos después de haber iniciado ese largo transitar por el difícil camino empedrado, pudimos admirar la belleza de la laguna de Santiaguillo, ahí muda, mostraba una belleza sin igual, que alegra a seres vivos por lo que puede dar.

Antes de llegar al punto lejano en donde las flores de amapola parecían alegrar el panorama seco, los reporteros de los diferentes medios locales, escritos y electrónicos, tuvieron que cambiarse de vehículo porque aquellos pesados camiones no podrían arribar hasta el lugar de nuestro destino, por lo angosto de los caminos.

Pero antes finalmente en medio de la nada, un letrero llamó la atención de los periodistas que viajábamos en convoy, “bienvenidos a I Zaragoza”, un pequeño poblado, con unas cuantas casas, una pequeña clínica, escuela primaria y hasta una secundaria por televisión.

Sin embargo en aquellos pueblos fantasmas no se asomaba un alma, puertas y ventanas cerradas, parecían no tener un ser viviente en su interior, si acaso unas vacas flacas y algún perro hambriento se podían ver en esos desérticos pueblos.

Tuvimos que atravesar varios arroyos pero ninguno llevaba agua, sólo enormes piedras que se confundían con los  caminos polvorientos y los escasos arbustos que no daban rastro de tener vida humana.

Una lechuza muerta y colgada en un árbol, quizá con algún significado para alguien, se dejaba ver antes de cruzar un pequeño poblado con no más de ocho viviendas y a lo lejos, un hombre por fin, caminaba a toda prisa, tratando de ignorar el convoy; quizá evadiendo preguntas y empujando una carretilla con tierra o arena.

INDÉ

Así en medio de silencio o algún comentario entre compañeros de trabajo, seguíamos el largo recorrido, que culminó en ese punto lejano, en donde se supone ya correspondía al nombre de Indé.

Esta vez no fue difícil el acceso, periodistas y militares pudimos llegar hasta el arroyo mismo, en esas camionetas que parecían ser de hule, con el ir y venir del abrupto camino, hasta que finalmente pudimos admirar esas hermosas, pero peligrosas y venenosas flores de amapola.

El Mayor Robles nos explicaba que esos lugares son los preferidos de los narcotraficantes, precisamente por el difícil acceso, porque ellos utilizan las cuatrimotos y muchas personas para sembrar, cosechar y extraer la droga.

En el lugar había 16 hectáreas y 21 plantíos, pura amapola, aun cuando en sus alrededores u orillas, también se encontraron algunas matas de cannabis y allá en otro cerro cercano un secadero con 600 kilogramos de marihuana en greña.

Periodistas íbamos y veníamos de uno a otro plantío, admirando lo bello que son las flores, pero lo maligno que pueden ser al mal utilizarlas; un Capitán Primero nos instruyó sobre las medidas de seguridad que se utilizan para desempeñar su trabajo de destrucción de estos plantíos, “aquí tenemos ya algunos campamentos en los que permanecemos hasta en tanto, no terminemos de limpiar toda el área; utilizamos radios de comunicación cuya frecuencia no puede ser escuchada por los delincuentes, aun cuando nosotros tampoco podemos escuchar las conversaciones de ellos”, señaló.

“Mantenemos una constante comunicación para ubicar a nuestros compañeros y así poder llegar todos hasta donde se encuentran las plantas que enseguida destruimos”.

“Aquí se queman las hierbas por medio de la destrucción manual; luego formamos unas camas de hierba para pode depositar todas las plantas y las incineramos”.

Pero también destruyen campamentos, cobijas, enceres que seguramente al escapar dejaron olvidados o para no llevar carga pesada.

Ante la falta de agua para que las plantas crezcan y tomen tamaños o plantas abundantes, los delincuentes utilizan metros y metros de manguera gruesa, así hacen llegar el agua y por ende tienen quienes las rieguen.

El calor alcanzaba a esa hora, 16:00 horas, unos 28 grados centígrados aun cuando estábamos debajo de frondosos árboles que nos regalaban su fresca sombra.

En un lado se podía apreciar una cueva, en donde los narcotraficantes dejaron algunos enceres y cobijas, porque según nos contaba el Teniente Coronel, en las madrugadas la temperatura desciende a veces hasta llegar a los cuatro grados.

Como es de esperarse algunos curiosamente queríamos saber cuánto dinero dejaron de ganar los dueños de estos sembradíos por la oportuna destrucción de la droga.

LA DROGA

Sin embargo, ni el Mayor Robles, ni el Teniente Coronel Huerta supieron darnos el dato exacto: no sabemos, es obvio que mucho dinero, pero lo que nos importa es que esta droga dejó de llegar  muchos niños y jóvenes y conforme sale del lugar en donde se cosecha y sube a la fronteras, su precio va aumentando.

Mientras los periodistas entrevistábamos a los oficiales sobre estos hermosos y dañinos plantíos, decenas de soldados derribaban a mano las hierbas y las empezaban a incinerar.

El olor llegaba desde la parte alta, en donde se consumieron los 600 kilos de marihuana que también fueron destruidos y que tampoco llegarán a su destino por el arduo trabajo de los militares.

Antes de regresar, el Mayor Robles invitó a los periodistas y personal militar y de la PGR a tomar algún aperitivo y una deliciosa agua de jamaica, para  tomar un breve descanso y continuar con el recorrido.

En la otra parte se localizaron cobijas y hasta ropas de un niño, debajo de una tienda hecha a base de hules negros, en donde también se encontraron vestigios de alimentos.

EL RETORNO

El regreso fue un poco más tranquilo, el cansancio y quizá para algunos el hambre, hicieron que hasta dormitáramos en el largo viaje.

Un numeroso grupo de elementos del Ejército y el personal de la PGR se quedarían hasta dar fin a la destrucción de estos 16 plantíos de amapola, sólo el Mayor Robles y algunos militares a su lado, nos guiarían de regreso a nuestro punto de partida.

La travesía era algo diferente, en el camino, nuevamente pudimos admirar la bella laguna de Santiaguillo, pero también aprendimos que el trabajo de los militares no es nada fácil, que su tarea de erradicación y destrucción de enervantes es diaria, que los sufrimientos lejos de su familia, sin agua para beber a veces, sin alimentos suficientes, o en condiciones difíciles del clima, no los hacen decaer en su ánimo.

“Nosotros trabajamos para beneficiar a los ciudadanos, queremos un país mejor”, nos decía el Mayor Robles cuando comentábamos esa difícil tarea, “queremos que la gente nos tenga confianza y denuncie este tipo de ilícitos, porque respetamos al cien por ciento su anonimato, no preguntamos ni el nombre, sólo queremos que la gente denuncie y vamos hasta el último rincón de los municipios, siempre tratando de servir a la sociedad con lealtad y esfuerzo”.

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