Episcopeo – «¡Ojalá rasgaras los cielos y bajaras!» (Is 63,19)

Dic 3, 2017 / 9:58 am

El primer domingo de Adviento marca el comienzo del año litúrgico. En realidad, lo que señala es el principio del tiempo nuevo, por el nacimiento del Salvador, Jesús, que divide la historia humana en un antes y un después. Las cuatro semanas de Adviento son el periodo de preparación que determina la Iglesia para disponernos a recibir al Señor, que viene a nuestro encuentro. Estas cuatro semanas, junto con la Natividad del Señor, la Sagrada Familia, la solemnidad de Santa María Madre de Dios y la Circuncisión de Jesús, la Epifanía (o Reyes Magos) y el Bautismo de Jesús conforman el ciclo de Navidad.

En el ciclo de Navidad, celebramos la venida del Hijo de Dios en carne mortal, desde la morada celeste -que es propia de Dios y en la que ha dado cabida a los ángeles- al cosmos, en que ha situado la morada de los hombres. Pero, desde que la comunidad de creyentes en Cristo tomó conciencia de la presencia real de Dios en medio de los hombres por la encarnación, muerte, resurrección y ascensión de Jesús a los cielos, para llevar a cabo la obra de la salvación, la Iglesia no dejó de mirar, con un ojo, hacia la primera venida en humildad del Mesías de Dios, y, con el otro, hacia la segunda venida del Hijo del hombre en su gloria, a juzgar al mundo, es decir, a completar la salvación del universo (todavía en proceso), llevándolo a la plena comunión con Él y con el Padre en el Espíritu Santo. Ambas venidas del Señor son inseparables, pues la primera venida en humildad se ordenaba a la segunda, en gloria; y la venida para instaurar el Reino de Dios, no hubiera sido posible sin la venida en carne mortal.

Por eso, no es de extrañar que, al iniciar el tiempo de preparación para la Navidad, el evangelio apunte hacia la segunda venida de Cristo, la parusía, exhortando a la vigilancia y a la responsabilidad, es decir, a no descuidarse y a no aflojar la intensidad en el esfuerzo por hacer efectiva la gracia que Dios nos ha dado en Cristo, al hacernos hijos suyos.

De hecho, la Iglesia primitiva vivió con tal intensidad la expectación de la venida gloriosa del Señor que llegó a sentirla temporalmente cercana. En virtud de esta expectación, la comunidad de creyentes se estimulaba a no relajarse, llevando una vida mundana, sino a tratar de vivir conforme a la nueva vida inaugurada por Cristo, para todos los hombres, plenamente identificada con Dios, en el caso personal de Cristo. Vida de la que participamos ya los bautizados en Jesucristo, y que se debe caracterizar por una conducta que se asemeje a la santidad de Dios.

Pero, por el pecado, el hombre experimenta que Dios le oculta su rostro, por lo que se siente huérfano, y marchito como las hojas, e incapaz de revertir la situación. Mas, no obstante, recuerda que el Dios del cielo es un Dios que se vuelca con quien espera en Él, y que sale al encuentro de quien practica la justicia. Dios, es nuestro padre porque nos hizo, como el alfarero a la vasija (Is 64,7) y porque nos ha liberado del pecado y de la muerte, como tenía obligación de hacer el pariente más próximo con el familiar oprimido (Is 63,16b).

Para esto se hizo hombre el Hijo de Dios, para que los hombres nos convirtiéramos en hijos de Dios, llevando a plenitud la semejanza que Dios plasmó en la naturaleza del varón y de la mujer, cuando los creó al principio (Gén 1,27).

El distintivo de los hijos de Dios ha de ser el amor (en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros [Jn 13,35]): amor con que el Padre engendró al Hijo, y que éste correspondió de igual manera, inspirando ambos el Amor mutuo, el Espíritu Santo o tercera dimensión de Dios. Sólo viviendo en un amor puro puede el hombre integrarse plenamente en la vida de Dios, hacerse partícipe de su naturaleza divina y gozar de su inmortalidad.

No se puede posponer esta tarea hasta que empiecen a manifestarse los presagios de la segunda venida de Cristo, como si ésta hubiera de retrasarse indefinidamente, cuando lo cierto es que el Señor ya ha venido, nos ha redimido y ha sido recibido en la gloria de Dios, participada por los ángeles. Dios ha venido a nuestro mundo, viene constantemente llamando a nuestra puerta, y vendrá al fin del mundo. ¡Ahora! es, pues, el tiempo de la gracia y de la misericordia.

Debemos considerarnos afortunados por haber conocido la venida del Hijo de Dios a la tierra; al mismo tiempo, hemos de sentir la responsabilidad de admitirlo en nuestras vidas, ordenando cada uno la suya conforme a los valores que se sustentan en Cristo, y dando testimonio de Él con nuestras obras, para que los hombres crean en Él y den gloria a Dios.

 

Héctor González Martínez.

Arzobispo Emérito de Durango

 

 

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