Escusado social

Sep 10, 2018 / 8:40 am

OPINIÓN DEL EXPERTO NACIONAL

Por Santiago García Álvarez*
En el mundo de las redes sociales Twitter es particularmente severa para los juicios, valoraciones y críticas sobre personas o instituciones. Hemos presenciado casos de personas famosas que sufren ataques inmisericordes de un público variado, en su mayoría con rasgos anónimos. En cuestión de minutos, dada una información inicial, es factible que la reputación de una empresa se vea dañada por un trending topic que partió de una noticia falsa o, al menos, parcial y descontextualizada.

Dado lo rabioso de algunos comentarios y la furia para referirse a determinados fenómenos, Twitter asume por momentos las funciones de una especie de “escusado social”, donde los seres humanos vierten el contenido de deshecho de su digestión psicológica.

Sin embargo, el fenómeno no es exclusivo de Twitter. Desgraciadamente, está presente también en otras redes sociales. Es incluso más frecuente verlo en formatos más privados, como el Whatsapp, cuya menor exposición pública genera confianza para verter comentarios más drásticos.

¿Tendrá que ver con la libertad de expresión? ¿Con la libertad de expresar libremente nuestro punto de vista? Por mi parte, estoy absolutamente a favor de la libertad de expresión. Aunque, me parece, hay que defenderla a la par de otros factores: el respeto a las personas, la objetividad en los juicios, así como procurar que no existan difamaciones o calumnias. Pienso que la libertad de expresión no debe ser a costa de otros derechos, que también son importantes, y cuya conquista no es fácil.

El fenómeno se repite en los portales digitales de noticias y opiniones. Es frecuente encontrar, detrás de una noticia u opinión, una serie de comentarios agresivos, juzgando al autor, escritor, columnista o a las instituciones o personas relacionadas con el artículo. La letanía de improperios es también una especie de escusado social. Con sobrada ligereza puede llamar corrupto a un político que a lo mejor no lo es —aunque algunos otros lo sean—; inepto a un experto que simplemente tiene un punto de vista distinto; retrógrado a un comentario en una línea menos liberal.

Es así que no pocas veces, los adjetivos “estúpido”, “pedófilo”, “ladrón”, “retrógrada”, “prostituta”, entre muchos otros, son dirigidos a personas que no responden a la definición específica. “No hay que tomárselo tan en serio”, podría decir uno. “Es una simple opinión”, argumentaría otro. Puede parecer cierto, pero no cabe duda que, si se daña la intimidad, el honor o reputación de alguien, esta circunstancia implica una afectación injusta y grave, por más que resulte aparentemente simpático el comentario, o se entienda que no se quiere generalizar un juicio sobre el implicado. A pesar de ciertos matices relacionados con la adjetivación realizada, el daño reputacional puede ser de dimensiones importantes.

Esta circunstancia no se deriva exclusivamente de las redes sociales. En ocasiones surge por investigaciones o artículos periodísticos tendenciosos. Algunos periodistas, por el afán de darse a conocer o de “dar la nota”, presentan noticias descontextualizadas, partiendo de “hechos” medianamente verificables, de los que surge una noticia injusta que genera una percepción en el
consciente colectivo donde la reputación de una persona o institución ha sido severamente denostada, de manera no proporcional a la acción concreta. En muchos casos, aunque existan matices posteriores, contra-argumentaciones válidas o aclaraciones, el daño reputacional ha marcado a la persona o institución y no tiene un arreglo equivalente al daño.

A veces se piensa que somos más maduros como democracia por el incremento en la libertad de opinión o en la aplicación de ciertas políticas liberales. ¿Es suficiente? Parecería que no. La madurez democrática no ha incrementado necesariamente en correlación con la objetividad de los juicios. La libertad de expresión no siempre ha tenido un aumento proporcional del afán por encontrar la verdad. Las redes sociales y los foros digitales se han convertido con frecuencia más en un “escusado social” que en un foro realmente abierto, plural y democrático.

La libertad no es ni el único ni el más importante valor a conseguir en una sociedad democrática y madura. Con la misma intensidad habría que defender y promover otros valores, fundamentales para los fines sociales elementales. Sería oportuno plantearse un sólido crecimiento como sociedad en imparcialidad, sensatez, caridad, justicia, veracidad, decencia y objetividad.

*Rector del campus México de la Universidad Panamericana

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