La estación

May 14, 2018 / 10:50 am

GERARDO GALARZA

Principios

Los viejos de la comarca, sabios, según la creencia popular, dicen que siempre hay que comenzar por el principio.

Así que, una vez más y para los efectos que sean necesarios, el escribidor debe dejar en claro que no es jurista (lee las leyes cuando está metido en algún embrollo legal y eso es casi nunca) ni filósofo (aunque sí se aventó las tres temporadas de Merlí en Netflix) y mucho menos del derecho, como Hans Kelsen, y que lo que aquí se escribe es responsabilidad absoluta de quien lo hace.

Entonces, el escribidor también deja en claro que no cree que haya mayor derecho humano, garantía individual o como se le quiera llamar, que el derecho a la libertad de expresión. Cree, supone para sí mismo, que de la libertad de expresión original nacen todas las demás libertades: La de creencias, religiosas o no; la de asociación, política o no; la de elección, electoral o no; la de tránsito; la de prensa, individual o empresarial; la de privacidad, individual o colectiva, aunque parezca contradicción; la de manifestación, aunque parezca obvio; la libertad de discrepar y de criticar; la libertad de amar y la libertad de todas las libertades.

Hace algunos años, leyendo las aventuras de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, recogidas por Stieg Larsson, el escribidor-lector se enteró que en el reino de Suecia la libertad de expresión está considerada como una ley fundamental… por encima de la propia Constitución de esa monarquía.

Investigando un poco, nada más un poco, y en pláticas con sus amigos expertos, el escribidor pudo saber, a ciencia cierta, que la Constitución del reino (ojo, ojo, ¡atención!, gritaría el narrador deportivo: Una monarquía) de Suecia está integrada por cuatro “leyes fundamentales” que no pueden ser modificadas así porque sí: La propia Constitución política; la Ley de Sucesión, que establece quiénes pueden ser rey o reina de Suecia, y las leyes de Libertad de Expresión y la de Libertad de Prensa.

De este tamaño es el bien protegido, como dirían los juristas que por ahí pululan.

Es obvio señalar que el escribidor se siente muy orondo cuando esto escribe, por la sencilla razón que esas dos leyes son las que protegen, o deberían proteger en Suecia y en el mundo, la actividad a la que se ha dedicado desde que tiene uso de razón.

Además, es obvio recordar que esa libertad de expresión también ha sido considerada, desde otro frente ideológico, como una “libertad burguesa”, a tal grado, que hoy se podría decir que es una libertad protegida, incluso por las monarquías, como es el caso de Suecia.

En México, la libertad de expresión siempre ha sido muy bien valorada, por lo menos en los tratados legales. No en la práctica. A lo largo de la historia hay muchos ejemplos de cómo esa libertad ha sido atacada y, en algunos casos, suprimida. Y no siempre se ha tratado necesariamente de ataques a la libertad de prensa. Pero esa es tarea de los historiadores.

Hoy en México, una república federal, según las letras de la ley, la libertad de expresión no goza de cabal salud. Y no está siendo atacada, por lo menos públicamente, por el Estado ni por el gobierno, como en otras muchas ocasiones. Hoy, como el mundo, enfrenta a un enemigo mucho más nebuloso: Las redes sociales (para entender tal fenómeno, léase la extraordinaria columna de mi compañero Marco Gonsen, publicada aquí en Excélsior, el pasado miércoles 9 de mayo, en la sección Dinero), alimentadas por quienes antes fueron considerados aliados de las libertades: Los ciudadanos, no todos, por supuesto, pero sí una legión, en los mismos términos que usó Umberto Eco.

El escribidor cree y expresa, en el uso de sus derechos individuales, que la limitación, la censura y la represión de cualquier libertad, incluida la de expresión, es contra el hombre mismo; que, de seguir con este modelo, los victimarios de hoy serán las víctimas de mañana. La historia lo sabe: De igual manera actuaron la Santa Inquisición y también Fuenteovejuna o los lapidadores evangélicos. No es la primera vez.

Por ello, ante los casos diferentes de Ricardo Alemán, Eugenio Derbez, Héctor de Mauleón; Mexicanos Primero y su spot; la revista Etcétera, y los acumulados antes y en los próximos días, el escribidor cree, sostiene y expresa que es preferible el mayor libertinaje (si así se cree) en el ejercicio de los derechos individuales que la más mínima represión, provenga de donde provenga. Y sí, se comienza por el principio y por los principios.

Y eso lo reconocen hasta las monarquías… no las dictaduras y mucho menos las latinoamericanas.

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