La persecusión

Jun 25, 2017 / 14:55 pm

Episcopeo

 

El Señor es mi fuerte salvador (Jer 20,11). No tengáis miedo a los que matan el cuerpo (Mt 10,28).

Con la Solemnidad de Pentecostés terminábamos el Tiempo Pascual y, en los domingos siguientes, hemos celebrado las Solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi; hoy, con este Domingo XII, reiniciamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprenderá los 21 domingos siguientes. En ellos la liturgia de la Palabra nos presentará a Cristo que, como Maestro y Pedagogo, no sólo nos va a hablar de los secretos del Reino, sino que también nos dirá que, si acogemos su palabra, Él mismo se hace guía y compañero entrañable en nuestro caminar por la vida.

Hoy, en este domingo nos encontramos ya con este Cristo, Maestro y Predicador, que se dirige, de manera especial, a quienes van a ser los continuadores de su misión, a los cuales los pone en alerta contra las dificultades y amenazas que, sin duda, van a encontrar en el desempeño de sus tareas evangelizadoras. Y ahí está el primer e importante aviso, con el que hoy les previene: No tengáis miedo (Mt 10,8). Y es que la misión que les encomendaba no les sería nada fácil, como tampoco estaba siendo la suya. Tres veces repite el citado aviso Jesús en el pasaje de hoy. De ahí su importancia.

Aludiendo al miedo que podrá sobrevenir, pero que no deberá dominaros, ya en la primera lectura, tomada del Antiguo Testamento, encontramos una estrecha relación con el citado pasaje evangélico. En efecto, el Profeta Jeremías sintetiza en su vida lo que puede esperar todo aquel que se siente comprometido con Dios: el mensaje del Profeta resultaba incómodo para sus oyentes, sobre todo para las autoridades, y por eso fue perseguido, detenido y maltratado. Claro que sintió miedo ante lo que escuchaba: “Pavor en torno”… lo sometemos y podemos vengarnos de él (Jer 20,10); pero no se dejó atenazar por él, ni dejó que le llevase a echarse atrás en su vocación profética, y ahí está su respuesta: el Señor es mi fuerte defensor… Alabad al Señor que libera la vida del pobre (Jer 20,11-13).

Hoy somos nosotros los destinatarios de las palabras de Jesús y de Jeremías y hemos de hacerlas propias a la hora de reflexionar sobre nuestra vida de creyentes. Llamados, pues, a evangelizar con nuestra palabra y con nuestra vida, podemos toparnos tanto con el miedo, como con la cobardía. Dejarnos atenazar por ésta o aquél equivale a frustrar nuestra tarea evangelizadora y nos hará perder nuestra propia identidad. La Iglesia es una comunidad de testigos que responden solidariamente ante el mundo y sus miembros no tienen otra palabra que ésta y si no la pronunciamos por miedo o cobardía no estamos presentes en el mundo al que hemos sido enviados por el Señor. Testimoniar de palabra y de obra es nuestro modo de presencia en nuestro vivir cristiano.

Ser cristiano en el mundo de hoy no es fácil; y si uno se compromete con una vida testimonial, más aún: ser sacerdote o religioso; ser una familia cristiana; ser un joven practicante y comprometido…, son opciones que comportan con certeza dificultades en no pocos ambientes. Algunas de estas dificultades nos vienen de nosotros mismos; ahí están, por ejemplo, el cansancio, la tendencia hacia lo fácil, la escasa firmeza de nuestras convicciones. Otras veces nos vienen de fuera: la sociedad en que vivimos no nos ayuda, precisamente, a ser fieles en los caminos de Dios. Acaso hemos olvidado que Jesús no prometió a sus seguidores que todo les iría bien y que les resultaría fácil. Por el contrario, les aseguró que tendrían dificultades lo mismo que Él.

Ahora bien, en medio de todo ello el creyente, sabiendo que cuenta siempre con la gracia del Señor, no tiene por qué temer ni avergonzarse de dar testimonio de Cristo en ese mundo indiferente e incluso hostil en que vive. Allá, en su interior, no dejará de sonar fuerte la palabra de ánimo: No tengáis miedo (Mt 10,28). Y junto con esa voz acudirán otros motivos que Jesús enumera también en el evangelio de hoy: la libertad interior, que nadie le puede arrebatar al que está convencido de su fe, la ayuda que recibirá de la mano amorosa de Dios Padre y el testimonio que el propio Jesús dará de él…

Si dejamos que el miedo o la cobardía se apoderen de nuestra vida, quedaremos incapacitados para ser heraldos del Evangelio. Ambas actitudes son causa de muchas traiciones al mensaje que hemos recibido para ofrecerlo a cuantos nos rodean. Se traiciona el Evangelio cuando uno calla lo que debe decir, cuando recorta el mensaje, según las conveniencias y se desvirtúa su fuerza crítica, poniéndole el corsé de un falso y cómodo espiritualismo; cuando se distingue  entre lo temporal y lo espiritual y se domestica la verdad evangélica, reduciéndola a los límites del alma y de las prácticas piadosas; cuando se predica una conversión interior, pero no la reforma de la convivencia y de las estructuras sociales; cuando el amor cristiano se entiende y se hace entender solamente como “caridades”. En éstos y en muchos otros casos el cristiano no se pone de parte de Cristo ante los hombres.

Concluyendo: todos los cristianos estamos al servicio de esta misión evangelizadora y a la que no podemos renunciar sin perder nuestra propia identidad. La Iglesia, de la que todos nosotros somos miembros, es una comunidad de testigos que responden ante el mundo con su palabra y con su vida. Y como no tenemos otra respuesta más que ésta, si renunciamos a llevarla a la vida pública, nos ausentamos del mundo al que hemos sido enviados por el Señor. Sólo el pronunciamiento evangélico es nuestro modo de presencia en la realidad de los hombres. Por eso, nuestras Eucaristías deberán acabar siempre en el compromiso de anunciar a los hombres lo que hemos visto y oído.

 

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito

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