Los misterios del Viernes Santo

Mar 31, 2018 / 9:21 am

JOSÉ ELÍAS ROMERO APIS

Aquel Viernes Santo de hace casi dos mil años es, para los miles de millones de cristianos que han vivido desde entonces, el día más doloroso de la historia del Universo. En la mañana de ese día de primavera, en tres ocasiones se reunieron un iluminado y joven rabí judío con un astuto y preocupado procurador romano.

Para el pensamiento del mundo occidental, ese novel profeta no era tan sólo el más humilde y solitario hombre del más pobre y dominado pueblo del mundo. Era, ni más ni menos, el único hijo de su dios, convertido en hombre. En términos de poder, era el hombre más poderoso que haya pisado la faz de la Tierra. El unigénito del dueño del universo y de la vida, porque ese dios había creado la vida y el universo para que desaparecieran el día que su dueño lo decidiera. Por afirmar que el universo es eterno, los católicos quemaron a Giordano Bruno en las piras de la Inquisición.

Queda en claro que todos los demás mortales, todas sus riquezas y todos sus reinos son minucias irrelevantes, ante el poder de ese heredero, llamado entonces Jesús de Nazaret y hoy conocido en todo el mundo como el Cristo, el Salvador y el Mesías.

Pues bien, durante su corta vida de tan sólo 33 años, Jesús nunca se reunió con algún mortal más importante que aquel que esa mañana lo interrogó en dos ocasiones y que, en la tercera, permitió que la hez sanedreica lo llevara al martirio de la crucifixión. Para el Cristo, Poncio Pilatos fue la más cercana representación que tuvo del mayor poder terrenal. Era el representante del dueño del mundo, entonces llamado Claudio César Tiberio y apodado El Divino. Ese día quedaron frente a frente el Hijo de Dios y el representante del César.

Lo tratado por el nazareno y el romano, todavía perturba el pensamiento filosófico y político. Su arameo, su latín y todos los idiomas inventados desde entonces no nos han dejado en claro lo que quisieron decir.

Cuentan las escrituras que, en algún momento, debatieron. Pilatos advirtió al prisionero que no callara porque “tengo tu vida en mis manos y sólo yo puedo salvarte”. Le exhibió su enorme poder. A esto, el acusado respondió: “No tienes nada en tus manos. Todo tu poder viene de más arriba. Todo está decidido y tú no puedes cambiar nada”.

En efecto, nada pudo cambiar. No obstante que la acusación y los acusadores le repugnaban, Poncio Pilatos consintió con ellos. En ese tiempo el poder político imperial en mucho se parecía al poder divino celestial. Era absoluto por ilimitado. Nada tendría que explicar, justificar, razonar, convencer o disculpar para salvar o para matar a este o a cualquier otro hombre. Pero, de la manera más inexplicable, esa mañana, por única vez en la historia, Roma fue miedosa y se volvió impotente. Cedió su poder por unos cuantos minutos y eso la ha cuestionado por toda la eternidad.

Como lo había dicho el nazareno, nada se podría cambiar porque al él no lo sentenciarían Roma ni Judea ni otra nación. A Él lo había sentenciado su padre, el único con poder para ello y, contra eso, no había recurso ni salvación posibles.

Hasta los que quisieron o pudieron haber ayudado a Jesús de Nazareth, se equivocaron o se acobardaron. Pilatos no encuentra delito ni lo inventa, pero no libera al prisionero, sino que lo envía con otro juez, Herodes Antipas. Error inexplicable. A su vez, éste lo encuentra insensato e inimputable. Considera a Jesús como un locuaz inofensivo y lo exime, pero tampoco lo libera, sino que lo regresa a Pilatos. Error inexplicable. Por último, Pilatos sigue sin encontrar delito y sin inventarlo. No tiene motivo ni voluntad para condenar y no condena, pero tampoco libera. Por error inexplicable omite resolver y sentenciar. Se “lava las manos” y concede permisividad para el linchamiento que no ejecución de sentencia.

Desde hace muchos años, tengo en la mente una impresionante escena del filme Jesús de Nazaret, dirigida por Franco Zefirelli. Esta escena se desarrolla al pie de la cruz. Ha empezado a llover y, sentada en el suelo lodoso, se encuentra María con su hijo muerto al que abraza y acuna como si fuera un bebé. Siempre he llamado a esta escena como La Dolorosa o La Pietà, de Zefirelli.

En medio de un llanto materno desgarrador y muy explicable, con todos los sonidos en “off”, la Virgen voltea hacia el cielo y le reclama al Altísimo, con ademanes apasionados muy “a la italiana”, la injusta condena y la espantosa muerte del Hijo de ambos. Quizá, la única persona en todos los tiempos de la humanidad que podía tomarse esa permisividad tan desafiante, tan reclamante y tan enfurecida con Dios. Esa Dolorosa conmueve hasta el llanto.

La escena deja en el espectador la sensación de la condena divina frente a la cual, como el procesado le contestó a Pilatos: “Nada puedes hacer. Todo está decidido desde más arriba”.

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