Quevedo presente en el Festival de Teatro de Málaga bajo la piel de Juan Echanove

Ene 30, 2018 / 15:51 pm

María Esther Beltrán Martínez

Málaga, España.-  En el marco del  35 Festival de Teatro de Málaga se presentó la obra Sueños, protagonizada por el primer actor Juan Echanove, quien da vida al escritor español, Francisco de Quevedo, en sus últimos años de existencia.

El público por más de dos horas es testigo del dolor y de los pecados del escritor español, quien es catalogado entre los maestros de la literatura del Siglo Oro (1492-1659). Entre sus obras  destacan la novela picaresca Vida del Buscón, Parnaso español, Sueños y discursos Quevedo y Los poetas entre otras obras.

Através de la actuación del actor Echanove vemos la personalidad del escritor que lucha con sus demonios, sus sueños y sus recuerdos.

Definir la actuación de Echanove la podemos resumir en una palabra: sublime. Da todo por escenificar al escritor, su voz; es potente y poderosa. Su cuerpo se transforma, vemos  un hombre enfermo que camina con dificultad entre las butacas sorprendiendo al público.

El montaje es moderno utiliza multimedia en donde se proyectan imágenes en pantallas gigantes. Echanove está acompañado por un buen elenco entre los que que encuentra: Beatriz Argüello, Ángel Burgos, Críspulo Cabezas, Markos Marín, Antonia Paso, Marta Ribera, Chema Ruiz, Eugenio Villota y Abel Vitón. La  coproducción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, La Llave Maestra y Traspasos Kultur que revive en escena los análisis de Quevedo sobre el Estado, la monarquía, el poder, la honestidad, la corrupción o el amor.

Juan Echanove en diversas entrevistas ha expresado “que la obra de Quevedo es inmensa y que en cualquier estrofa, cualquier aforismo o cualquier verso suyo podríamos encontrar lecciones que nos desentrañan los enredos de la sociedad actual. ¿Quevedo era un visionario o somos nosotros  quienes hemos retrocedido a las posiciones del Barroco?” se pregunta el actor.

Para Echanove, Sueños transita por tres “autovías”: la primera sería un infierno blanco, alegórico, de hielo, el que que pululan la envidia, el hambre, el poder, el clero y Dios; la segunda, la decadencia barroca, la citada debacle de un Estado en descomposición, y la tercera, la biografía de un autor y personaje que se está muriendo y que arrastra las consecuencias de una vida disoluta, excesiva, llena de cuchilladas y con las marcas de su encierro de cuatro años en una celda de León (“érase un hombre a un dolor pegado”, resumió el actor).

Mientras que el director de la obra Gerardo Vera, expresa que “enfrentarse a Quevedo y, sobre todo, zambullirse en ese caudaloso discurso brillante y doloroso sobre la decadencia de un imperio, es una insensatez de la que solo eres consciente cuando ya estás con el agua al cuello, tratando de sobrevivir a esa embestida directa contra las conciencias que es la obra magna del gran cronista de la realidad española sin adornos, sin coartadas, yendo a lo más profundo de la herida aunque te empapes en su sangre. Como un reflejo poderoso, esa herida es el manantial del que brota la obra de Quevedo.

Y esa llaga abierta a partir de su encierro en la Cárcel de San Marcos, tan física que impregna todos sus escritos. Su obra se transforma en una sangría existencial, un tránsito doloroso de lo pasajero a lo eterno. El testamento de un artista, pero sobre todo de un hombre que padecía en carne propia el desistimiento de unas fuerzas llevadas a su límite en un tiempo en el que ya no se podía soñar, donde lo épico se degradaba en retórica, la valentía en soberbia, la nobleza en herencia sin merecimientos.

La realidad del XVII era tan contundente que “solo se podía vegetar o vivir en carne viva”. Y así vivió Quevedo, contemporáneo de Velázquez, pintor también de la liquidación española. Eso hemos intentado reflejar a partir de su obra más personal, sus Sueños, crónica dolorosa y lúcida de una España presa de la corrupción de las monarquías absolutas de Felipe III y Felipe IV, víctima del ocio y de la ignorancia, donde la filosofía era esclavizada por la teología. En un momento, también, donde todo olía a corrupción en Madrid y en las Españas, y ahí es donde nos asombran y nos deslumbran esos sueños, chismosos y veraces, caricatura, testimonio, dolor y carcajada, escritos por una mano atravesada por el sufrimiento que rezuma su propia herida interior. Quevedo se convierte, sin querer, en el testigo más fiel de cómo un imperio empieza a descomponerse”.

Ver una obra clásica muchas veces es tedioso, pero con Sueños  la reacción es contraria debido a la calidad actoral y de producción.

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