Riesgos

Dic 18, 2017 / 8:41 am

La estación

GERARDO GALARZA

Los tres ya candidatos a la Presidencia de la República, que oficialmente son precandidatos, y que están en campaña, aunque oficialmente sea precampaña, saben que con el resultado de las elecciones del 1 de julio de 2018 se juegan su futuro personal, así sea desde el ser candidato presidencial en 2024.

También están en juego el futuro de los partidos políticos que los postulan, especialmente de los cuatro más grandes: PRI, PAN, PRD y Morena.

Pero no todos corren el mismo riesgo.

El PRI ha logrado reestructurarse, luego de sus derrotas en las elecciones presidenciales de 2000 y 2006, y regresar una gran agencia electoral, que en 2012 demostró poder actuar desde fuera del gobierno.

Un eventual fracaso de Morena en su primera elección presidencial provocaría, seguramente, la creación de un nuevo movimiento político basado en el clientelismo.

Los dos, PRI y Morena, están lejos de ser reales partidos políticos. Sus estructuras son más parecidas a las de una agencia de empleos electorales y, con problemas, podrán seguir siéndolo más allá de los resultados que obtengan sus candidatos presidenciales.

Los que están en un verdadero riesgo en su existencia como partidos políticos reales son el PAN y el PRD, los dos partidos que encarnaron y encabezaron las luchas de la oposición mexicana en pro de la democracia y enfrentaron al PRI-Gobierno de los tiempos no tan viejos.

Ambos, el PAN y el PRD, han dejado de ser ese referente de oposición al régimen y de lucha por la transición hacia un sistema democrático. Y lo que hace 25 o 20 años hubiera sido una alianza en pro de la democracia, hoy su frente opositor parece más bien un ejercicio de supervivencia.

Una eventual victoria de su candidato Ricardo Anaya, así como un buen número de curules, en su mayoría plurinominales, disfrazaría sus problemas internos y el peligro de su debacle política, que no electoral.

El PAN de Anaya, hasta hace una semana, y ahora de Damián Zepeda, está lejos, muy lejos de aquel partido fundado por Manuel Gómez Morín, después dirigido por Adolfo Christlieb Ibarrola, del de Abel Vicencio Tovar, o Luis H. Álvarez o Carlos Castillo Peraza; vamos, ni siquiera cercano al de alguien tan pragmático como Manuel J. Clouthier.

“Ganar el poder sin perder el partido”, advirtió Castillo Peraza cuando el PAN comenzó a cosechar electoralmente lo sembrado durante décadas. Hoy, los reales militantes panistas saben que han perdido el poder (presidencial) y están por perder su partido, ahora más cercano a los vicios de su enemigo histórico que a las virtudes democráticas de sus fundadores.

Y el PRD está en igual situación: desembrado, sin rumbo y sin dirigentes, no tuvo más opción que su alianza con el PAN y con Movimiento Ciudadano (MC).

El PRD no sólo es el partido surgido de la explosión opositora de las elecciones de 1988, mediante la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y, también, es justo decirlo, de Clouthier. Es, el PRD, el partido que recogió la tradición de las antiguas luchas de la izquierda mexicana, la clandestina, la tolerada y la legal.

No en balde el registro legal del PRD es el registro original del Partido Comunista Mexicano (PCM), obtenido provisionalmente con la reforma política de 1977 y ratificado en las urnas en 1979, 60 años después de su fundación, ocurrido cuando la pólvora de la Revolución Mexicana no había dejado de oler. No es poca cosa. Fue el partido de Valentín Campa, de Arnoldo Martínez Verdugo, de Gilberto Rincón Gallardo, al que se sumó Heberto Castillo, por citar a unos cuántos.

Hoy, esos dos particos, íconos de la política mexicana, están en riesgo; tal vez no desaparecerán, pero están dejando de ser lo que fueron. Su futuro está en manos del resultado de un candidato presidencial, quien hoy no cuenta siquiera con el apoyo de todos los panistas.

Pese a todo y a todos, es necesario reconocer que su frente electoral es competitivo; que la suma (aunque no sea automática y lineal) de votos obtenida en la elección federal de 2015 por los tres partidos que lo integran los pone en la lucha; que hoy lo que se preveía como una carrera de dos, se ha convertido en una de tres y que los punteros no están definidos todavía.

Sin embargo, más allá del futuro personal de Anaya, el futuro del PAN y del PRD está en riesgo, y la lucha electoral y su circo no serán los mejores escenarios para su reconstrucción. Al contrario.

CAMBIO DE VÍAS.– Con motivo de la Navidad y el año nuevo, esta columna dejará descansar a sus eventuales lectores. Si usted llegó hasta acá: ¡Felices fiestas! O, al menos, inténtelo.

 

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