Y los delincuentes, felices

Jul 13, 2017 / 16:56 pm

BITÁCORA DEL DIRECTOR

Por Pascal Beltrán del Río

 

La ola delictiva que agobia a México no ha generado un cierre de filas de la sociedad mexicana, de gobernantes con gobernantes y gobernados con gobernados y unos con otros.

Aquí no ha pasado como en Colombia frente a la violencia del narcotráfico o en España ante la violencia terrorista.

En México, los responsables de combatir los crímenes y proteger a las víctimas de los delincuentes se han dedicado recientemente a discrepar unos de otros, cuando no a atacarse.

Los gobernadores señalan a los legisladores que aprobaron la Reforma Penal de 2008 y a los jueces que la aplican. Y éstos señalan a los policías.

Los expertos se dividen entre quienes creen que el Sistema de Justicia Penal Acusatorio (SJPA) es la fuente de la actual explosión de criminalidad y quienes dicen que eso es un mero pretexto.

La discusión ciudadana sobre la seguridad pública se descompone incluso en el estado del país que ha manejado las transiciones políticas de forma más civilizada: Querétaro.

El actual mandatario estatal, el panista Francisco Domínguez Servién, acusa a su antecesor, el priista José Calzada, actual miembro del gabinete, de haberle dejado “un tiradero” en materia de seguridad.

Este debate está consumiendo mucho tiempo y resolviendo muy poco.

Mientras, los habitantes de un número creciente de ciudades en este país se vuelven víctimas de los delincuentes sin que haya policías capacitados o habilitados legalmente para defenderlos.

Ya sea porque los ocho años que la Reforma Penal otorgó a los estados a fin de preparar a sus cuerpos de seguridad pública para la entrada en vigor del SJPA resultaron pocos o se desperdiciaron; o porque el cambio de sistema tiene maniatados o hasta catatónicos a los policías; o porque éstos y los jueces no entienden sus nuevas funciones… el caso es que los mexicanos están en peores condiciones en materia de seguridad de lo que estaban antes. Y mire que éstas ya eran malas.

Por su parte, los delincuentes están de fiesta. Rateros y asesinos no encuentran obstáculo alguno para realizar sus actividades.

Todos los días salen a “trabajar”, como relatan las crónicas periodísticas. Con horario y tareas concretas. No les estorban las cámaras de seguridad ni los rondines de las fuerzas de seguridad.

El resultado: se roba más combustible que antes; se asalta más en el transporte público que antes; se extorsionan más comercios que antes; se cometen masacres con mayor frecuencia que antes.

A diferencia de la justicia que supuestamente está hecha para proteger a quienes respetan la ley, la justicia de los delincuentes es pronta y expedita.

Que se te perdió la mota que te di a vender, ahí te van 17 batazos en el cuerpo. Y no metas las manos, desgraciado. Y que todo quede grabado y exhibido en las redes sociales para que otros escarmienten, pues les va a tocar igual si hacen lo mismo. ¿Que si me preocupa que me identifiquen? Ay, por favor…

Que no me pagaste el “derecho de piso”, te quemo la tienda. Si reincides, te mato delante de tu familia, incluso en tu propia casa o en tu consultorio, porque ya sé dónde vives y dónde trabajas. A toda acción, una consecuencia. Así es la justicia criminal. Qué comisiones de derechos humanos ni qué nada.

Y con eso quieren que compitan los policías, sin entrenamiento, con bajos sueldos, cuidándose de no violar las nuevas normas “garantistas”, preocupados de que sus armas sean de menor calibre que las de los delincuentes o de ver que los criminales a los que acaban de aprehender con un fusil de asalto al rato ya andan en la calle otra vez porque los soltó un juez.

Estoy de acuerdo en que la precipitación no es buena consejera, pero tampoco lo son la inacción o la paciencia ante lo que evidentemente no está funcionando. Al menos no le está funcionando a la sociedad porque, como digo arriba, a los delincuentes les resulta de maravilla.

A los ciudadanos les urge saber si es un problema de la nueva ley o es un problema de su aplicación. Si es lo primero, que se efectúen los ajustes; si es lo segundo, que los señores responsables se pongan a trabajar.

Pero, por favor, ya dejémonos de estos pleitos y, seriamente, hagamos algo. No digo “hagan”; digo “hagamos”, porque en este barco vamos todos.

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