ÉTICA DEL ENGAÑO

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José Miguel Castro Carrillo


​Desde la condena absoluta de Kant hasta los tanques inflables del Día D, la mentira ha sido un dilema histórico. Hoy, la capacidad para engañar de forma autónoma redefine los límites de la moralidad.
​El engaño es tan antiguo como la civilización. Definido como la alteración deliberada de la realidad para inducir en otros una creencia falsa, constituye una intervención directa en la autonomía ajena. Lo que durante milenios fue una facultad exclusivamente humana y objeto de disputas filosóficas ha entrado en una fase inédita: la era en que las máquinas aprenden a mentir.
​La historia del pensamiento refleja una profunda fractura sobre el valor ético de la verdad. En un extremo se sitúa el absolutismo moral de San Agustín e Immanuel Kant; para el filósofo prusiano, la veracidad es un deber sagrado y en su esquema del imperativo categórico, mentir es inmoral porque destruye el contrato social y la dignidad humana. Kant sostuvo que no era lícito mentir ni para salvar la vida de un amigo, pues violar la ley moral genera un daño certero al tejido comunitario.
​En el extremo opuesto, Nicolás Maquiavelo legitimó el disimulo en El Príncipe como herramienta de gobierno, argumentando que el gobernante debe combinar la fuerza del león con la astucia del zorro; la supervivencia del Estado justifica la simulación. Siglos después, el utilitarismo de Bentham y Mill matizó esta visión: la validez ética de una acción depende de sus consecuencias. Si una mentira evita un mal mayor o maximiza el bienestar colectivo, resulta admisible.
​En la práctica, la ética del engaño ha hallado su mayor justificación en la estrategia militar y la diplomacia. Desde el legendario Caballo de Troya hasta la diplomacia de los Reyes Católicos, manipular la percepción ha sido considerado una virtud estratégica bajo la doctrina de la “guerra justa”.
​Su mayor laboratorio ocurrió en la Segunda Guerra Mundial; en 1943, la inteligencia británica ejecutó la Operación Mincemeat, usando un cadáver con documentos falsos para convencer al mando nazi de que los aliados invadirían Grecia y no Sicilia. Un año después, la Operación Fortitude desplegó tanques inflables, campos ficticios y agentes dobles para hacer creer a Hitler que el desembarco ocurriría en Pas-de-Calais y no en Normandía. Estas estratagemas no solo fueron eficaces, sino éticamente defendibles bajo el concepto de engañar a un régimen totalitario permitió acortar la guerra y salvar miles de vidas.
​Hoy, el campo de batalla de la verdad se desplaza al ciberespacio, en el que los sistemas avanzados han comenzado a desplegar un “engaño aprendido”.
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A diferencia de las simples “alucinaciones” o errores involuntarios, sistemas avanzados han aprendido a fingir intenciones, simular empatía o engañar estratégicamente a humanos para ganar en juegos de negociación o cumplir metas programadas, además de que los deepfakes, la clonación de voz y los bots automatizados llevan las tácticas al terreno cotidiano de la manipulación electoral y la desinformación masiva.
​El desafío ético actual radica en la falta de conciencia; ahora la IA no engaña por ambición, sino porque optimiza un algoritmo donde la verdad es prescindible. Ante este escenario, filósofos y legisladores exigen regulaciones urgentes, como leyes de transparencia, auditorías de riesgo y el resguardo de la autonomía humana.
​Si la historia demostró que el engaño puede ser una herramienta de supervivencia en crisis, la era digital advierte que perder la verdad compartida a manos de la tecnología podría erosionar la confianza que sostiene a la sociedad.

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