Durante nueve meses el estado entero se preparó para recibir al invitado más amado. José Ramírez Gamero y Jorge Clemente Mojica Vargas gobernaban en ese entonces
Por: Geraldo Rosales
Han pasado 36 años y todavía se nos quiebra la voz al recordar aquel 9 de mayo de 1990, cuando Durango despertó distinto: con calles alegres, corazones ansiosos y una fe que se respiraba en el aire. Monseñor Antonio López Aviña lo había anunciado desde 1989, y durante nueve meses el estado entero se preparó como quien arregla la casa para recibir al invitado más amado. José Ramírez Gamero y Jorge Clemente Mojica Vargas gobernaban entonces, pero ese día el verdadero anfitrión fue el pueblo, que bordó con flores, cantos y desvelos la bienvenida a Juan Pablo II.
“El Papa no va a estar esta noche, ni mañana, porque se va a pasear… a Durango, para que no se desvelen ni canten muy temprano… Tienen un día de vacaciones”, dijo con esa sonrisa que rompía protocolos. Y a las 10:40 de la mañana, el cielo duranguense lo vio llegar. El boulevard Francisco Villa se volvió río de gente; jóvenes de grupos parroquiales durmieron en la banqueta solo para ganarle unos metros al papamóvil y cruzar la mirada con aquel hombre vestido de blanco que nos miraba como padre.
Su jornada fue un abrazo a todos. Entró al Cereso No. 1 y llevó consuelo donde había olvido. Oró en Catedral con dos mil sacerdotes y religiosos que aún guardan el eco de su voz. Habló con empresarios en el Teatro Ricardo Castro y después, en la explanada de lo que hoy es Soriana Jardines, celebró la Eucaristía para sanar enfermos y ordenar a más de cien sacerdotes. Pancho Sosa, que hace apenas unos meses se nos adelantó, logró que cada palabra del Santo Padre llegara nítida hasta el último rincón. Tello Montes ponía la voz, Pancho el alma del sonido, y Durango ponía el corazón.
Los periódicos El Sol, La Voz y aquel inolvidable Cima de Gilberto C. Rosas Simbeck y Daniel Ramos Nava hicieron crónicas que hoy son tesoros amarillentos. Nos dieron mapas, horarios, desplegados de bienvenida… nos dieron la certeza de estar viviendo historia. Mientras, francotiradores vigilaban desde las azoteas y el Estado Mayor revisaba cada rincón del Arzobispado. Pero nada empañó la tarde: los regalos y la comida típica pasaron filtros, sí, pero el cariño llegó directo, sin revisiones, hasta las manos del Papa peregrino.
Se fue, pero nunca se fue del todo. Volvió en 2011, a la 1:10 de la madrugada, convertido en reliquia. Su sangre recorrió Juárez y 20 de Noviembre, y tres mil almas en la Plaza de Armas rezaron el rosario entre pantallas, fotos y pirotecnia que pintó el cielo. Hoy nos quedan la Cruz del Papa en Jardines, su estatua frente a Catedral y una placa que dice que ahí oró. Pero el verdadero monumento está adentro: en la memoria de los que lo vimos pasar, aunque fuera un instante, y sentimos que por un día, hace 36 años, Durango tocó el cielo.






