Al día

Dic 26, 2017 / 8:25 am

MIRIAM MABEL MARTÍNEZ

En una película de los años sesenta, la voz de un ya desconocido en el siglo XXI Arturo de Córdova exalta un país que, hoy sabemos, no fue. Recita: “Mientras la patria se construye con serena firmeza, sin prisa y sin pausa…”, mientras se proyecta una panorámica de una floreciente Orizaba. Y continúa haciendo referencia a una “dulce” provincia que “es la verdad y fundamento de esa patria que amamos”. Cincuenta años después, la patria se destruye sin tregua ni pausa y esa provincia ha perdido la inocencia. ¿Qué nos pasó?

Nos pasó que nuestra clase política comprobó que hacer patria es un negocio, olvidó la vocación de servicio, su responsabilidad, abandonó el Estado de derecho por modelos económicos que no creen en la igualdad y que han manipulado el ideal democrático para vendernos un futuro que parece depender de la oferta y la demanda.

Nos pasó que dejó de ser importante el proyecto social, porque las ganancias siempre se disfrutan más entre menos y las pérdidas se sienten menos si se reparten con la mayoría. Nos pasó que nos enfocamos en ascender olvidando el rumbo y el por qué. Nos dejó de preocupar la comunidad y optamos por ocuparnos de la inmediatez de nuestros antojos. Creímos que los ejes viales nos conducirían al éxito, una gloria que seguimos esperando en el tránsito que hoy paraliza a la ciudad. Nos olvidamos de mirar y cultivar esa provincia que hoy expulsa a su gente. Creímos que era necesario soñar, que era suficiente construir. Nos olvidamos de que cualquier construcción requiere mantenimiento mínimo. El abandono lo único que asegura es la destrucción.

Cómo hacer si la mayoría trabaja para sobrevivir, cómo progresar si el agotamiento ataranta y nos ayuda a justificar lo injustificable. Cómo estudiar si la vida cuesta tan cara y hay que pagar las cuentas que engrosan las riquezas de pocos. El negocio de la pobreza es muy fructífero y nuestros políticos ya no se conforman con su comercio, se han especializado en la especulación del miedo. En lugar de planear políticas públicas que beneficien a la sociedad, lo que nos venden son estrategias a corto plazo para “no seguir perdiendo” lo que deberían ser derechos ciudadanos. Nos prometen disminuir la violencia, tratar de cuidarnos, procurar que podamos transitar libremente en horarios establecidos… Administrar la violencia es la única oferta y, al hacerlo, asumimos en lo colectivo que la excepción ya es la regla. La defensa es la prioridad. Vivimos en alarma, a la defensiva, desconfiando, protegiéndonos. En cuidar que no nos quiten lo poco que tenemos se nos va la energía. No hay fuerza para más. Vivimos al mismo día esperando “algo” de la clase gobernante, una que se limita a, simplemente, reaccionar. ¿Dónde quedaron los estrategas? ¿Dónde las ganas de construir? ¿Y el progreso? Ni hablar.

La privatización del Estado, que en la década de los ochenta se presentaba como la mejor opción de crecimiento económico y social, hoy nos muestra sus resultados: el abaratamiento de la calidad. Además de la exclusión, claro. La educación y la salud se privatizaron, no por ello mejoraron: al contrario. Se democratizó la mediocridad, las ansias por progresar fueron sustituidas por poseer. Poseemos lo que sea al precio que sea en una sola exhibición, en plan, pirata o robado. Nos hemos rendido a la inmediatez. Nos dedicamos a la prisa.

Aceleradamente nos destruimos. A máxima velocidad devastamos la naturaleza, los programas, la tradición, los clásicos, las calles, las leyes, las costumbres. Cada día queremos que todo sea más veloz: la conexión, el auto, las ondas sonoras, la recuperación, la comida, el café, el trayecto, la respuesta, el negocio, el aprendizaje. Queremos recorrer un museo rápido, leer muchas palabras por segundo, que nos sirvan en el restaurante de inmediato, que nos respondan ya. No estamos dispuestos a esperar ni un minuto a nadie ni a nada. Queremos que todo esté disponible ahorita. Usar, usar. Consumir…

Llevamos tanta prisa, que no tenemos tiempo más que para gastar, ¿construir? Eso requiere paciencia, planeación, tiempo. También requiere renunciar a caprichos, ser empático, tener un objetivo, proyectar. La prisa nos ha robado el futuro sin proyecto. Quizá es tiempo de detenernos y, sin prisas, sin pausas, preguntarnos hacia dónde corremos con tanta impaciencia.

 

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