Charlas

Jun 30, 2020 / 22:13 pm

Miguel Ángel Vargas Q.

*** El narco de ayer…
1a Parte

Hasta finales de los 90s, el territorio nacional tenía tres actividades muy localizadas en el narcotráfico: siembra y cultivo; trasiego y abastecimiento energético de las naves marítimas y aéreas procedentes de Sudamérica (Colombia). De ahí que el Ejército Mexicano y la Marina, apoyados por policías estatales y municipales, concentraran su atención en la detección de cultivos y la destrucción de los mismos y a la intercepción de cargamentos con destino a la frontera de la unión americana. En las décadas de los 70s, 80s y 90s, hubo también destrucción de pistas aéreas clandestinas en donde se les abastecía de gas avión, localizadas en el desierto de la comarca lagunera y en algunas planicies de nuestra sierra por el lado del Mezquital, Pueblo Nuevo, San Dimas, Tamazula y Canelas.
Me tocó como reportero visitar algunas comunidades del denominado Triángulo Dorado y las sorpresas empezaron desde que bajé de la pequeña aeronave tripulada por en el entonces comandante de la Décima Zona Militar, General Salvador Rangel Medina, hasta que de nueva cuenta la abordé para pernoctar en Culiacán, Sinaloa.
La comunidad, (un casorio de no más de 200 habitantes) que visité, enclavada justo donde se juntan los territorios de los estados de Durango, Chihuahua y Sinaloa, estaba a escasos 750 metros de la bien compactada pista de terracería que bien podría aguantar a un little jet con un buen piloto.
Un jeep verde descolorido estaba esperando nuestro arribo y apenas se acercó a la pista, el General Rangel Medina despegó de manera apresurada. El joven campesino me preguntó solo para confirmar si era el de la prensa de Durango. Le confirmé que efectivamente trabajaba para un periódico (La Voz).
Mi sorpresa mayúscula fue encontrarme una pequeña población totalmente adoquinada en cada una de sus calles. Una reluciente escuela primaria, Hermanos Flores Magón y una espléndida iglesia católica.
El 90 por ciento de las casas bien pintadas en sus fachadas, muchas de las cuales eran apoyadas por macetas con helechos y maíces, geranios, una que otra amapola cuya belleza se destacaba entre el resto de las flores multicolores en las macetas pintadas con pintura de aceite de todos los colores.
Me llevó hasta una pequeña tienda de abarrotes en donde se podía encontrar de todo. Lo mismo los clásicos huaraches pasando por la cerveza, todos los comestibles de esa época y hasta llantas para los pocos vehículos que circulaban por ahí, principalmente jeeps y pickups.
Camisa de cuadros rojos y blancos, pantalón de mezclilla Lee o Levi Strauss, aquel buen hombre de un metro 80 centímetros de altura y unos 120 kilogramos en su corpulencia, me recibió con el clásico “pásele joven” y sin más me ofreció una soda o una cerveza.
No tenía ni la menor idea en que parte de mi estado me encontraba, pero sí estaba seguro que ahí había llegado el progreso revolucionario y la buena estabilidad social, económica y educativa.
Las excelentes condiciones del edificio que albergaba la escuela Hermanos Flores Magón y el artístico trabajo en la cantera utilizada en el bello templo católico reflejaban que ellos si habían recibido apoyo del bueno.
Me tardé algunos minutos para encontrar el momento de pedirle autorización de hacer algunos apuntes para que no se me fueran a pasar muchos detalles.
Ni él me preguntó mi nombre, mucho menos yo el de él.
Para mí siempre fue “el señor” y para él, siempre fui “joven”.
La siguiente sorpresa fue que ningún diputado local o federal, presidente municipal, gobernador y menos presidentes de la República, conocían ese lugar.
“A los políticos no les gusta venir hasta acá”, apuntaba el señor.
Tras darle dos o tres tragos a la “soda”, me invitó a hacer un recorrido por las cuatro calles perfectamente bien adoquinadas y limpias. A las 9 de la mañana, solo unas cuantas señoras se veían en la calle y todas con dirección a la iglesia o a la tienda de abarrotes. La mayoría con chal de tonos gris o negro.
Los chavalos están en la escuela y los mayores están en los cultivos. Entramos a la Iglesia en donde unas cinco personas rezaban en silencio. Me hizo el recorrido y pude apreciar las hermosas figuras de vírgenes y santos. Me dio pena preguntar si lo dorado era oro o pintura, preferí quedarme con la duda.
Luego en la escuela, solo llegamos al patio perfectamente encomendado y con cancha de baloncesto.
En tan pequeño pueblo, me preguntaba por qué esa escuelota. “Es que vienen de otros caseros cercanos. Tenemos más de cien alumnos en los seis grados”, me dijo.
“A los maestros les pagamos nosotros, porque el encargado de cobrar su sueldo viene cada tres meses”, comentó.
Temeroso de herir susceptibilidades, pero anteponiendo mi tarea de joven reportero, me atreví a preguntarle sobre hechos de sangre.
Y ni tardo ni perezoso me presumió que desde que él tenía memoria ni un solo pleito a golpes habían tenidos en el pueblo.
“Van y mejor los matan en Culiacán, porque se pierden en la borrachera”.
Ya en el jeep, me relata que a donde vamos hay que guardar silencio y no fijarse en algunos detalles, que cualquier pregunta se la hiciera al finalizar el recorrido.
Llegamos hasta un hermoso plantío de amapola en donde docenas de campesinos, la mayoría de entre 16 y 25 años, estaban rallando para extraer la goma de opio, mientras que otros, de 30 para arriba, bien armados vigilaban la periferia del enorme plantío que parecía un hermoso tapete rojo con hilos verdes.
Seguimos avanzando, siempre en el jeep, hasta llegar a un profundo barranco en cuyas paredes estaban los plantíos de mariguana que abarcaban kilómetros y la vista no alcazaba a ver el final de los mismos.
Largas mangueras anaranjadas caprichosamente distribuidas, reflejaban la técnica israelita muy de moda a principios de los 70s, para el riego de cultivos en ese país pero que otros lo importaron para hacer más productivo el campo, cultivasen lo que fuera, incluyendo novio la amapola y mariguana.
De regreso al pueblo, solo para recoger un delicioso queso añejo, me contó que todo el pueblo, las viviendas, la iglesia, la escuela, las fosas de las casas, eran un regalo de los “señores” dueños de los plantíos.
Era la antesala de la Operación Cóndor con la que el Gobierno de México pretendió destruir 70 mil hectáreas sembradas de amapola y mariguana tanto solo en el Triángulo Dorado en donde vivían (¿viven?) miles de mexicanos que nunca han recibido la visita de un funcionario público de ninguno de los tres órdenes de gobierno y en donde la única autoridad que reconocían era la de los “señores” dueños de los plantíos que semana tras semana llegaban con la raya para los encargados de la siembra y además con camionetas llenas de mercancía, sobre todo comestibles, para repartir entre los habitantes y dejar en la tienda para el “representante” de los señores entre esa comunidad.
Esa era la principal actividad de los narcotraficantes, también llamados gomeros o mariguaneros. Todavía hasta la década de los 70s, la cocaína solo era de paso hacia la alberca de consumo que sigue siendo Estados Unidos de Norteamérica.
No había violencia, salvo alguna que otra riña entre matrimonios, o entre padres e hijos, pero nunca pasaba a mayores.
Desde la pista se apreciaban las parabólicas en todas y cada una de las casas, con la que los habitantes podían disfrutar de cientos de canales de televisión, privilegio que no tenían los habitantes de las grandes ciudades.
Durante media hora, esperando la pequeña aeronave, me platicó el “señor” que la goma de opio salía directamente por aire a la unión americana, mientras que la mariguana salía generalmente en dos direcciones: una rumbo al Pacífico vía Culiacán para de ahí dirigirse a la frontera, de Tijuana. Otros cargamentos bajan a lomo de mula, hasta donde pudiera transitar grandes camiones en donde, una vez empaquetada, la mariguana era llevada hasta Ciudad Juárez, vía El Oro, Parral, Chihuahua hasta la fronteriza ciudad,
Transitaban sin problema alguno.
No faltaron las escoltas de la desparecida Policía Federal de Caminos que recibían jugosísimas propinas de los “señores” para que les cuidaran el buen camino de las toneladas de mariguana que desde los años 50s se mandaba desde el Triángulo Dorado, Guerrero, y Veracruz a los creciente e insaciables consumidores gringos.
La demanda era creciente lo que en su momento provocó que el presidente Díaz Ordaz le diera una fuerte respuesta a un señalamiento hecho por el entonces presidente de Estados Unidos. Éste le pidió al mandatario mexicano que ya detuviera la producción de enervantes en territorio nacional, y Díaz Ordaz directo como siempre fue, le dijo que cuando cerrara su alberca nosotros quitaríamos el trampolín. Porque además se anisaba que México o su gobierno, nada había para evitar que la cocaína colombiana cruzara el territorio nacional sin mayor problema.
Dato curioso que capturé periodísticamente en esa visita a esa alejada comunidad de la sierra duranguense, fue que en los años 60s, y principios de los 70s. Diario llegaban pequeñas naves gringas a llevarse toda la droga directamente a la Unión Americana.
No se trataba del movimiento hippie de los 60s, sino de la droga que se enviaba a las fuerzas americanas que combatían en Vietnam.

(CONTINUARÁ)

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