Fanatismo putinista y orden occidental (I)

Abr 2, 2018 / 10:44 am

JOSÉ LUIS VALDÉS UGALDE

Desde que Vladimir Putin estaba asentado en Dresde, Alemania Oriental, como el vigilante —aunque oscuro— agente de la KGB que siempre ha sido, lo absorbía una desesperada obsesión: Que su país dejara de ser potencia mundial

Moscú está callado.

                Palabras de Putin cuando presencia,

                desde Dresde, como agente de la KGB

                en Alemania Oriental, la caída del Muro de Berlín.

Entre 1980 y 1989, Putin vivió en el “paraíso” oriental de Alemania, en donde pudo lograr un nivel de vida superior al que tenía en la entonces URSS. La caída del Muro representaba el comienzo de su infierno, una vez de regreso a la Unión Soviética. Algunos de sus biógrafos (Boris Reitschuster y Karen Dawisha) mencionan que al regreso a su ciudad natal, la antigua Leningrado, Putin consideró la posibilidad de manejar un taxi para poder subsistir. Sin embargo, según Dawisha, su trabajo en la alcaldía de San Petersburgo y el haber logrado armar, con su grupo compacto en Dresde, lo que sería el principio de un bloque cercano de poder que hoy persiste en Rusia, le permitió proyectarse directamente al Kremlin. “Sin el tiempo que pasó en Alemania del este, tendríamos otro Putin y otra Rusia”, cuenta Reitschuster.

Dawisha sostiene que mucha de la gente que Putin conoció en Dresde es ahora parte de su círculo íntimo. En la lista se incluyen a Sergey Chemezov, quien por años manejó la agencia de exportación de armas de Rusia, y Nikolai Tokarev, quien dirige la compañía estatal Transneft. En las listas, Dawisha no sólo incluye rusos: Matthias Warnig —un antiguo oficial de la Stasi en Dresde en la misma época que Putin— es el gerente general de Nord Stream, el gasoducto que lleva gas ruso a Alemania vía el mar Báltico. Según las investigaciones de Dawisha, Putin logró conformar una cleptocrática triada invencible, compuesta por: Una dura masa crítica de exKGB, nuevos empresarios putinistas y la mafia rusa (sólo a Putin se le atribuye una fortuna personal de 40 billones de dólares como resultado de la eficiencia de la triada). Esta triada controla el Kremlin, con Putin a la cabeza. Su nostalgia hegemonista, neozarista y neosovietista, lo ha llevado a desarrollar una fobia patológica contra Occidente, lo que ha sido crucial para entender las malas artes que lo han caracterizado en su política internacional desde 2000. Esta postura es hoy —junto al trumpismo— uno de los principales escollos para el ordenamiento del desordenado sistema global, el cual le es indiferente a Putin. Todo lo mal que le vaya al mundo occidental, es un Suma Zero Game para el Kremlin. Putin mira al pasado.

Según sus críticos, Putin ha logrado tejer una red secreta de espionaje e inteligencia, pensada como el Caballo de Troya contra Occidente, en su cruzada prorrusa. En últimos días, el escándalo ha sido devastador para el prestigio de Putin. Más de 120 diplomáticos rusos han sido expulsados de diversos países occidentales y aliados en la OTAN (EU, GB, Francia, Alemania). La razón: La acusación de Londres contra Putin por su directa participación en el envenenamiento del doble espía y disidente ruso, Sergei Skripal y su hija Yulia, en Salisbury, con el mortal agente nervioso Novichok. Imposible dudar de esta acusación si tenemos en mente, entre otros eventos similares, aquel famoso asalto de octubre de 2002 en contra del teatro Dubrovka en Moscú. En esa ocasión, 50 terroristas chechenos secuestraron a más de 800 civiles. Como respuesta, Putin armó, a espaldas de la población y del parlamento, un rescate suicida, haciendo uso, a través del grupo de élite Alfa (el par de los Navy SEALs gringos), de un gas derivado del fentanil. El resultado final: Todos los terroristas muertos, más 170 rehenes que no fueron atendidos debidamente para sobrevivir al gas y 700 heridos. Heroica acción de Estado, celebrada entonces por GB y EU, y que hoy lamentamos todos en razón del hecho muy sensible de que Moscú sigue haciendo uso de armas químicas, prohibidas por los acuerdos internacionales, con el objetivo de recuperar su poder internacional: Putin no respeta las convenciones internacionales al respecto.

Esta nueva crisis diplomática puede estar ya desembocando en una nueva guerra fría. En esta lógica perversa del putinismo, no desasociado de la profunda crisis democrática que ha provocado el trumpismo, hace factible esperar una mayor desestabilización de las relaciones internacionales, objetivo último buscado por el Moscú de hoy.

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