Nudo gordiano – La guerra electoral

Abr 28, 2018 / 9:05 am

Yuriria Sierra

Campaña o guerra electoral: los tiempos en los que todos tratan de exaltar las propias virtudes y se extrapolan hiperbólicamente los errores del contrincante. Para ambos fines, se recurre a la exageración. Si se habla de honestidad, también se le agrega decencia, pudor, rectitud. Algunos sinónimos, otros cerca de serlo. Pero significan la intención, no se mueve un ápice. Si se quiere señalar al otro (todos acusan a todos de exactamente lo mismo), la estrategia es la misma. Corrupto, y de ahí nos seguimos: mentiroso, traidor, deshonesto. Lo mismo, pero con más crema. Y se vale. Para eso son también las campañas.

Sin embargo, nuestros políticos aún no han terminado de curtir su piel. Les gusta el halago, pero reprochan los señalamientos que no les son favorables. Se acusan, adjetivan esta estrategia como un recurso bajo, aunque al mismo tiempo estén preparando su armamento. No son capaces de reconocer que eso, lo que llaman “guerra sucia”, habita y define cualquier contienda electoral en el mundo democrático. La diferencia es que, en las democracias adultas, maduras, la guerra se orquesta y se ejecuta sin recriminaciones por su naturaleza. Pero en una democracia como la nuestra, tan adolescente y berrinchuda, los políticos “se llevan”, pero “no se aguantan”, porque, a pesar de que todos juegan con las mismas reglas y en la misma cancha, todos se espantan cuando las utiliza el otro.

Tan válido es un spot en el que se compare a un candidato con líderes latinoamericanos, como que éste hable de una “mafia en el poder”. Una campaña es también eso: la utilización de figuras retóricas, ya sea para beneficio propio o como instrumento de ataque. Desde los griegos en el ágora y hasta en la palestra. Todos, no hay un solo candidato —de cualquier nivel— que no las utilice.

Las instituciones electorales entienden esto y reaccionan cuando se supera el límite de lo permitido, cuando los partidos pretenden salirse con la suya por encima de la ley. En enero pasado, el INE pidió a la coalición del PRI-PVEM y Panal cambiar su nombre; el Instituto decidió que “Meade, ciudadano por México”, como la llamaban originalmente, afectaba la equidad en la contienda, pues posicionar el apellido de un candidato era injusto para el resto. Antes ya había ordenado a la misma coalición bajar el spot navideño de Meade en estados en donde sólo se podía hacer promoción de la contienda local. También el INE les ordenó bajar un spot en el que el candidato salía acompañado de menores de edad, pues consideró que éste significaba una sesión de tiempo indebida, que alteraba el modelo de comunicación política establecido. También en la precampaña, el INE envió medidas de tutela preventiva para que el PRI cancelara la difusión de un desplegado titulado “Así no, Anaya” y en el que se hacía referencia al escándalo inmobiliario del candidato del Frente. También se ordenó bajar el spot en el que Ricardo Anaya aparece junto a Alejandra Barrales; lo mismo ocurrió con los spots, también de Acción Nacional, de las campañas estatales en Jalisco y Veracruz. Las pautas federales no pueden utilizarse a nivel local.

En contraparte, el INE también ha resuelto quejas de los partidos y que no siempre les son favorables: en marzo, el PAN pidió que Morena bajara un spot en el que aparecía AMLO y pedía el voto por sus candidatos al Congreso; la respuesta fue no, pues, finalmente, esa elección es también federal y se hacía uso de tiempos que no le correspondían. Tampoco aceptó bajar el spot de “Movimiento Naranja”, sí, ya sabemos cuál, el del “na, na, na, na, na, naaaaa…” que seguramente ya está tarareando mientras lee estas líneas, tal y como lo solicitó Morena, alegando que se vulneraba el interés superior de la infancia, refiriéndose al pequeño cantante Yuawi.

Las instituciones democráticas del país están entendiendo en qué momento deben actuar contra el abuso durante las campañas y cuándo son sencillamente eso: “campañas”. Ahora sólo falta que los partidos y sus candidatos reconozcan que lo que llaman “guerra sucia”, a la que también le entran sin distinción, es parte de cualquier contienda en una democracia. Aquí y en China… bueno, en China no, porque ahí no hay, como tal, lo que en Occidente llamamos democracia electoral.

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