José Miguel Castro Carrillo
En el último trimestre de 2024, la economía retrocedió un 0.6 por ciento respecto al trimestre anterior, de acuerdo a datos del Instituto de Estadística y Geografía (INEGI).
En las décadas previas a los años 80 del siglo pasado, México pudo ir cerrando su brecha de ingreso, en relación con las economías punteras; en 1950, el PIB por habitante equivalía a 32 por ciento del de Estados Unidos, para 1981, era entre 46 y 48 por ciento, pero llegó la crisis de la deuda y lo ganado en 30 años se perdió. En 1994, el PIB por habitante era 37 por ciento del de Estados Unidos, un PIB abatido que no ha podido recuperarse, tomando en cuenta que para 2022 equivalía sólo a 30 por ciento.
A este fracaso de visión, de política, de aprovechamiento de las aperturas que sí trajo la implantación del libre mercado, de desperdicio de recursos, de no crecimiento, nociva de por sí, habrá que agregar la desigual distribución de los recursos, accesos y frutos, un lento o nulo crecimiento, escasa disponibilidad de empleos formales y bien pagados, reproducción de, desigualdades, aumento de inseguridades y violencias, malas noticias, mal desempeño económico, malos empleos, aranceles latentes y a pesar de frases alentadoras convocadas desde las alturas, las cosas duras del empleo y de la economía no mejoran.
Sigue sin definirse el punto de partida que amenaza por todos los frentes e impide precisar los cómos, la hoja de ruta para crecer más y reducir las desigualdades: para aumentar los empleos bien pagados y, asignatura urgente y no cursada, para alcanzar mayores niveles de inversión.
El tiempo pasa y la población crece, envejece, exige una seguridad social y una atención médica universales. En Suma, la clave perdida para un desarrollo mejor reside en la falta de recursos para financiar la inversión pública y así promover y sostener la privada, así como para asegurar que hacer frente a los compromisos del Estado no implique despojar a los renglones primordiales de la existencia social de los recursos indispensables para apoyar a los vulnerables y abrir campos de aliento a los muchos jóvenes que pueblan el territorio
Los viejos dilemas acosan a los nuevos, por lo que se trata de fijar nuevas reglas de operación del Estado y la sociedad, nuevos referentes mentales para abordar las complejidades del entorno propio y externo, ya sea para formar filas en la defensa de la naturaleza y combatir al cambio climático.
Un crecimiento bajo mantiene o agrava la desigualdad, lo que confabula contra el crecimiento, pero para dejarla atrás es imprescindible no seguir negando las evidencias, asumir con firmeza que no todo está bien.
Uno de los objetivos es mejorar en calidad y en cantidad los empleos, se requiere tener tasas de crecimiento superiores a 4 por ciento anual y contar con una disposición de recursos públicos en torno a 25 por ciento del PIB, para fortalecer los ingresos, lo que implicaría reconocer que la pobreza del Estado ha obstaculizado la provisión de bienes y servicios públicos, así como las posibilidades de mejorar y aumentar la inversión.
Al Estado le corresponde asegurar una distribución de los recursos para superar los desequilibrios existentes y, al mismo tiempo, crear las condiciones necesarias para propiciar una expansión productiva sostenida y una distribución social que auspicie la ampliación del mercado interno junto con el bienestar económico y social de la población.
En tiempos tan inciertos como los actuales, los promedios generales dicen poco. Más que nunca, es fundamental tomar una radiografía a la economía para poder determinar realmente cómo están las cosas.