Acompañado de Vero Fragoso y Danielo Hernández,el atleta y conferencista duranguense compartió con jóvenes y adultos cómo convirtió la adversidad en impulso para alcanzar la cima del Everest
Texto y fotos: Geraldo Rosales
La pregunta “¿Qué tan lejos puede llegar una persona que decide no rendirse?” abrió la charla de Rafael Jaramillo, mejor conocido como Rafa Jaime, en el Teatro Ricardo Castro dentro del evento Duranyorkes, Duranguenses Sin Límites.
El atleta y conferencista duranguense compartió con jóvenes y adultos cómo convirtió la adversidad en impulso para alcanzar metas que parecían imposibles, entre ellas, convertirse en el primer invidente de Iberoamérica en llegar a la cima del Everest.
Acompañado por Veronica Fragoso y Danielo Hernández, Rafa habló sin rodeos de los momentos que marcaron su vida. A los cinco años fue diagnosticado con una enfermedad ocular degenerativa tras un accidente en bicicleta. Aunque a los siete perdió por completo uno de sus ojos, confesó que de niño no entendía la magnitud de lo que pasaba. Fue en la escuela donde enfrentó otra batalla: el bullying. “Me decían pirata, canica, bizco”, recordó. Los sobrenombres y el rechazo lo marcaron por años hasta que una lección de su padre cambió su perspectiva.
Rafa narró que su papá tomó un billete, lo arrugó frente a él y le preguntó si seguía valiendo lo mismo. La respuesta era obvia. “La vida te va a golpear, te va a arrugar y te va a lastimar, pero jamás te va a quitar tu valor”, le dijo. Esa idea se volvió su ancla. Decidió dejar de esconder su condición y usarla como herramienta. Entre risas, contó que una vez se quitó el ojo prostético para perseguir a quienes lo molestaban. “Convertí algo negativo en una forma de empoderamiento”, afirmó ante el público.
El deporte se volvió su refugio y disciplina. Practicó basquetbol y llevó una vida activa, aunque también reconoció etapas de excesos que afectaron su salud. El golpe más duro llegó después de una fiesta, cuando notó problemas graves en el único ojo con el que veía. El diagnóstico fue cáncer. “Ya no solo estaba perdiendo la vista, también estaba en riesgo mi vida”, dijo. Antes de la cirugía, solo en un cuarto de hospital, apagó las luces para imaginar cómo sería vivir en oscuridad total. Desde la ventana, mirando las luces de la ciudad, se preguntó si valdría la pena seguir.
Ese momento de miedo fue también su punto de quiebre. Ahí entendió que el valor de una persona no depende de las circunstancias físicas ni de las opiniones ajenas. Hoy, con más de 56 países recorridos, Rafa Jaime insiste en que los límites se conquistan. Su mensaje para los duranguenses fue claro: las dificultades no definen la identidad. “Venga lo que venga, jamás vas a perder tu valor”.







