Por Alex Treviño
Hay ciudades que se construyen a pesar de sí mismas, y hay ciudades que se construyen a partir de lo que siempre han sido buenas para hacer. Durango pertenece al segundo grupo, aunque muchas veces lo olvidamos. El estado es, desde hace décadas, el principal productor de madera y derivados forestales del país, con una reserva forestal de más de nueve millones de hectáreas y una productividad muy por encima de la media nacional. No es un dato menor ni una casualidad geográfica, es una vocación económica que ha sostenido comunidades enteras gracias, sobre todo, al esfuerzo de ejidos, aserraderos y empresas forestales que durante generaciones han sabido aprovechar este recurso. Sin embargo, esta vocación forestal enfrenta un problema recurrente: buena parte del valor agregado se sigue quedando fuera de la región, exportando materia prima poco procesada en lugar de productos terminados con mayor rentabilidad. Son los propios empresarios madereros quienes tienen en sus manos la decisión de industrializar más el proceso, de invertir en maquinaria, diseño y marca para transformar la madera en mueble terminado y no solamente en materia prima. ¿Cuántos empleos adicionales podría generar la iniciativa privada si apostara por integrar toda la cadena de valor en casa? Algo similar ocurre con el mezcal, una industria que ha crecido de manera notable en los últimos años impulsada enteramente por productores que, con recursos propios y muchas veces limitados, decidieron rescatar y reinventar un oficio tradicional. El mezcal duranguense tiene todo para posicionarse como un producto de exportación de alto valor: materia prima de calidad, tradición artesanal y una historia que contar, y ese mérito es enteramente de quienes arriesgaron su patrimonio para producirlo. El obstáculo principal no es la calidad del producto ni la falta de visión empresarial, es la formalización. Muchos productores continúan operando en la informalidad, no por falta de voluntad, sino porque el proceso resulta costoso y poco accesible para quien apenas está consolidando su marca. ¿Por qué entonces sentimos que estas vocaciones —la forestal, la mezcalera, la comercial— están subaprovechadas? Porque durante años hemos medido el desarrollo económico únicamente en función del próximo gran anuncio de inversión externa, cuando la verdadera transformación depende de que la iniciativa privada local decida reinvertir, profesionalizarse y arriesgar capital en los sectores donde ya somos competitivos. Aquí es donde conviene ser claros sobre el papel que debe jugar cada actor. El protagonista de esta historia es y debe seguir siendo la iniciativa privada: los productores forestales que industrializan su materia prima, los mezcaleros que formalizan su marca y salen a buscar mercados de exportación, los comerciantes que profesionalizan su administración y su atención al cliente. Ninguna vocación económica se explota por decreto, se explota con inversión, riesgo y trabajo de quienes ya están en el terreno. El papel del gobierno, tanto municipal como estatal, debería limitarse a ser facilitador de esas decisiones, no protagonista de ellas. El gobierno municipal puede facilitar la formalización de negocios y de productores artesanales de mezcal simplificando trámites, reduciendo tiempos de respuesta y ofreciendo condiciones fiscales razonables durante los primeros años de operación, sin que eso signifique intervenir en las decisiones del negocio. El gobierno estatal, por su parte, puede facilitar la profesionalización de estos oficios apoyando esquemas de capacitación técnica en alianza con universidades y cámaras empresariales, sin sustituir el papel que ya cumplen los propios empresarios en la formación de su gente. La diferencia es sutil pero importante: facilitar condiciones no es lo mismo que dirigir el desarrollo económico. Explotar una vocación comercial no significa abrir más negocios del mismo tipo hasta saturar el mercado, significa que quienes ya son competitivos en un sector decidan reinvertir, integrar más eslabones de la cadena de valor y profesionalizar su operación, mientras el gobierno se limita a quitar obstáculos del camino. La discusión sobre el desarrollo económico de la región no debería limitarse a esperar la próxima gran inversión externa, sino a reconocer que la madera, el mezcal y el comercio local ya tienen detrás de sí a empresarios y productores dispuestos a crecer, y que la tarea pendiente es que las condiciones —fiscales, regulatorias y de capacitación— dejen de ser un freno para convertirse en un impulso. La vocación no se inventa, se reconoce, se profesionaliza y se cultiva, y quien mejor sabe cultivarla es quien ya la ejerce todos los días. Alex Treviño Instagram/Twitter/Facebook: @alextregam www.alextreviño.com







