José Miguel Castro Carrillo
En la historia de la danza en México, son pocas las figuras capaces de romper las fronteras rígidas entre géneros. Tradicionalmente, el rigor técnico del ballet clásico, la tierra y el dinamismo del folclore, y la búsqueda conceptual de la danza contemporánea han habitado compartimentos separados. Cora Flores no solo habitó cada uno de esos universos: los dominó, los conectó y se convirtió en el modelo más depurado de versatilidad escénica en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI.
El inicio de su historia tiene el sello de lo fortuito. Cora Flores llegó al arte del movimiento no por una vocación infantil planificada, sino a través del ballet acuático. Esa primera experiencia en el agua le otorgó una conciencia corporal atípica sobre el peso, la flotabilidad y la plástica del movimiento.
Al trasladar esa plasticidad a la danza académica e ingresar al Ballet Concierto de México, compañía antecedente de la actual Compañía Nacional de Danza, su ascenso fue vertiginoso, alcanzó la categoría de primera bailarina, interpretando los roles estelares del repertorio clásico universal “El lago de los cisnes”, “Giselle”, “Coppelia”, “La bella durmiente”, “Las sílfides” y “Romeo y Julieta” y en 1959, dejó una primera huella histórica al interpretar el estreno de Huapango, coreografía de Gloria Contreras, en el Palacio de Bellas Artes.
En 1961 dio un giro audaz al integrarse como solista al Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández. Con esta agrupación recorrió los escenarios europeos, demostrando una maleabilidad estilística capaz de traducir la virtuosidad del ballet clásico en la energía identitaria del folclore nacional.
Flores exploró las exigencias del teatro comercial y la comedia musical, participando en montajes de gran impacto popular como “Paren al mundo que quiero bajarme”, dirigida por Alfonso Arau, donde aportó su solvencia técnica a un lenguaje multidisciplinario.
La madurez artística de Cora Flores encontró un cauce fundamental en la danza moderna y contemporánea, enriquecida por la enseñanza de figuras como Louis Falco y Xavier Francis. Los coreógrafos de la época vieron en ella no solo a una ejecutante virtuosa, sino a una creadora de atmósferas. Jorge Cano concibió para ella Café Concordia y la convocó para la controversial obra “Fuego muerto”.
Sin embargo, uno de los momentos cumbre de su carrera ocurrió en 1968, cuando el coreógrafo Guillermo Arriaga la eligió para encarnar el personaje simbólico de “La Patria” en la emblemática obra “Zapata”. Su interpretación se convirtió en una estampa indeleble del nacionalismo dancístico mexicano, donde la fuerza dramática y el rigor técnico se fundieron de manera magistral.
