José Miguel Castro Carrillo
“Herenciocracia” es un término que se refiere a que el éxito financiero depende ahora más que nunca de la riqueza de los padres, sobre todo en las personas menores de 45 años, que tienen más posibilidades de adquirir casa a través de sus padres que de sus trabajos.
De acuerdo con el libro “Herenciocracia: es hora de hablar del banco de papá y mamá”, de la escritora británica Eliza Filby, las fortunas que logró acumular la generación del Baby Boom, aquellos nacidos entre 1946 y 1964, han moldeado el sistema económico en el que se han tenido que desenvolver las generaciones que han venido desde entonces.
Herenciocracia es lo opuesto a la meritocracia, a la creencia de que el trabajo duro va a resultar en éxitos y oportunidades, además de ser una sociedad en la que no se trata de lo que ganar con base en lo que se sabe o lo que se aprenda, sino de si se tiene acceso al banco de mamá y papá, que es lo que define las oportunidades, red de seguridad y la plataforma a la adultez.
Este fenómeno está teniendo impacto sobre las vidas de las generaciones X, nacidos entre 1965 y 1980, así como los millennial, nacidos entre 1981 y 1996, y que podría continuar expandiéndose en las generaciones Z, de 1997 a 2012, y alfa, de 2013 a 2024, aunque puede continuar muchos años más en el futuro.
Si bien la meritocracia describe una sociedad en la que el éxito se justificaba moralmente por el talento y el esfuerzo, mientras que el fracaso se volvía culpa exclusiva del individuo, con el tiempo la ironía se perdió y la palabra pasó a usarse como elogio, con la idea de que trabajar duro debería traer recompensas es fundamental para cualquier democracia.
En los últimos años, el mérito se ha reflejado sólo en pasar exámenes, acumular credenciales y seguir una sola ruta educativa, y esta idea se popularizó entre los boomers porque fue un concepto que a muchos les sirvió bien y se hicieron comunes las historias de personas que lograban irse de sus hogares a una edad temprana y, a través del camino de la educación superior, podían forjar un futuro propio.
Esto se debió a un crecimiento económico sostenido impulsado por la frágil pero consistente “paz” que le trajo al mundo la Guerra Fría, debido a que, con mayores ingresos, los gobiernos buscaron maneras de democratizar las oportunidades para los jóvenes de entornos rurales o de clase trabajadora, y encontraron un camino con la educación superior.
A partir de los años 90, este impulso ayudó a consolidar una narrativa única de lo que significa el éxito, desde estudiar, ir a la universidad, conseguir un título y acceder a una carrera profesional estable, sin que el sistema tuviera manera de garantizarles ese éxito a todos.
El problema es que se construyó un sistema en el que el 50% de las personas no tenía una vía alternativa clara hacia una vida segura, por lo que, para muchos jóvenes, no ir a la universidad dejó de ser una opción legítima.
Y para quienes sí fueron, el valor monetario de un título universitario empezó a caer a medida que el costo para conseguirlo se disparaba y el resultado fue una generación que se endeudó para acceder a una promesa que ya no garantizaba estabilidad, siendo los más afectados jóvenes de entornos más modestos, motivados por el deseo de ganar más dinero para ayudar a sus familias. Durante décadas, las empresas tercerizaron la formación a las universidades, mientras que antes se aprendía en el trabajo; hoy, las compañías esperan empleados “listos”, invierten muy poco en entrenarlos, por lo que muchas veces la relación con los conocimientos es deficiente. Se requiere mayor vinculación.



